lunes, 23 de enero de 2012
la que después se empezo a sentir bien ocupando ese lugar,
la que más adelante se dió cuenta que amaba no ser como se suponía que tenía que ser una adolescente
la que un día descubrió que se había puesto de moda ser diferente, y ahora volvian a ser todos igual
la que terminó viviendo con el sueño de siempre volver a ser diferente, una y otra vez
la que al final, siempre termina siendo igual que todos.
(parece que el mundo está hecho para que nos parezcamos entre todos, y un dia, no pude resistirme más)
Y yo te veo. Estás hecho de una piel que no te cubre. Veo tus ojos, salpicando sangre y anís. Miel, lluvia, con muchas ganas, vida. Veo tu pelo, que nace en tus pies y acaba en tu ombligo. Como una trenza de risa, de azulejos azulados y hombrecitos saltarines. Veo la sombra de tu mundo. Empezás al revés. Donde todo termina, ahí está tu principio. Que no existe, y es todo. En la luna; ciega, oscura, violenta y angelical, estoy yo. Contemplando como el mundo se parte en dos. Como el mar migra hacia el sur, y el norte desaparece. Porque ya no queda nada. Y la nada es eso, un vacío, y un lugar que no logra desaparecer. El infierno de lo que no empieza. Y no termina. Nunca más.
El calor, seco, y húmedo, rebelde, violento, tán ligero como para desplazarse por todos lados. Las vías, que parecían tan solitarias, plagadas de recuerdos, de aromas de ayer y de hoy, de algún día que existió, en algún mundo. Los pasos de la gente, que dejan huellas, pero no dicen nada. Solo ensucian la calle con emociones que nadie podría descifrar. El cielo, que no mira, pero espía. No sé como hace, pero al final del día lo sabe todo, aunque haya estado escondido todo el tiempo. Buenos Aires, tan agotada como siempre, tan manchada de ruido, tan acelerada. Hasta que una respíración la rasguña y la corta en pedazos, la desgarra. El vacío y el barullo al mismo tiempo. Caras que no dicen, voces que no cuentan, relatos huecos, sonrisas de telgopor. Y es que la mentira a veces puede ser tan fragil, que con soplarla se destruye, desaparece. La cascara es tán transparente que creer en ella es tan patético y tan absurdo como ver mares en desiertos.
Atardece. Y las vías siguen vacías. Siguen más llenas que nunca. De todo eso que no dice nada, siguen manchadas con colores que no pintan, con luces que en realidad, son sombras enmascaradas, agujeros negros, huracanes de plástico.