sábado, 26 de abril de 2014

cuento sobre la soledad

En los bordes de la ciudad, donde se cruzan las vías de todos los trenes, donde se proyecta la sombra del sol, ella se detiene a sentir. Sobre el banco de una plaza desierta, de un barrio desierto en una mundo desierto, ella se detiene a sentir. Deja el mate guarda el libro apaga el cigarrillo, y escucha el vacío. Escucha, temblando de miedo, ESE vacio. Uno profundo, confuso,  indeterminado, que desemboca en una intimidad tambien indeterminada y confusa. Eso es lo que más le asusta.  Ella, llena de colores y oscuridades, intenta, con todos los pinceles que tiene a su alcance, dibujar la realidad, mancharla hasta que se vuelva irreconocible. Ella, con los pulsos del mundo  hablándole en susurros, se concentra, o intenta concentrarse, en todo lo que la rodea. “Yo, que… escribo. Yo que.. bailo.. Yo que leo libros de mitología griega y poesía latnoamericana… Yo que soy un poco timida y un poco insegura… Yo que tomo el café con leche en la taza que me regalo mi abuela… Yo que voy al teatro pero no al cine… Yo que en invierno me encierro a escuchar a Bach y llorar en silencio…”
Ella, juntando pedacitos de su vida, se reconstruye en una imagen perfectamente lógica y decible. Decible, posible de ser dicha, de ser nombrada. Nombra su reflejo con los restos de la memoria, con los vagos recuerdos de lo que fue el día anterior. Ella toda símetrica y clasificada, conduce toda su energía hasta lugares que la protegen de nunca encontrarse cara a cara con la oscuridad.  Con sus rasgos perfectamente delimitados y sus intereses bien presentes, va tocando los timbres de todas las casas de su calle y de otras calles que se cruzan con mas calles devenidas nuevas calles, y les ofrece a los vecinos, un poquito de su corazón. Yo soy esa que… “lee poesía y escucha Bach y va al teatro y…” todos los días, sin perder la paciencia, recorre nuevos barrios, los más olvidados, lo más lujosos, los más bohemios y los más relucientes, con la esperanza de encontrar algun huequito que la saque a bailar. Que saque a bailar a su mundo de sombras y a sus libros todos amontonados y a sus discos escuchados y una y mil veces y a sus ideas alborotadas y a sus deseos latiendo en el fondo del placard. Pero vuelve siempre, sin excepción, con papeles arrugados, mojados por la lluvia, pisoteados. Con sus sueños achicados, con sus manos intactas. Nadie, en esta ciudad inmensa, en esta infinidad de calles, en esta indeterminación de rostros, quiso, deseó, darle la mano.  “Deben estar todos muy ocupados con sus sueños y sus rutas” pensó ella para consolarse, para no decepcionarse de la humanidad.
Muchos días, muchas semanas, muchos atardeceres y bicicletas pasaron delante de sus ojos mientras ella avanzaba por las extremidades y los conductos de este país de las maravillas no vislumbradas. Y siempre volvía con su mochila de ilusiones transformada en una capa invisible que nadie podía percibir.      Sus ojos se la pasaban detenidos en todos los ojos de aquellos que, desde su perspectiva, no la querían ver. Posados sobre los deseos de otros, sobre las expectativas de otros, sobre los fantasmas de otros, pasaba las noches de luna llena llorando a la luz del cielo.
Llorando, llorando mucho. Muy profundamente hasta que todo su cuerpo se encontraba conmovido por el llanto. Hasta que cada espacio de aire se reacomodaba para mirar el espectáculo. Hasta que la luna la abrazara con su inmensidad disimulada.  La inmensidad de la luna, y su aparente tamaño ante los hombres, la hicieron detenerse. Sentada en el balcón de una noche llena de luciérnagas, sintió, por primera vez, el silencio. Una habitación llena de silencio. Un mundo lleno de silencio. Una tempestad hermosamente silenciosa y viva. Respiro, respiro desde las entrañas, desde lo más último de su infinidad, respiró entregándose a la vida entera. Se desarmó, pedacito por pedacito, hasta no ser más que poesía fusionada con la luna y arte desprendido de la naturaleza de su cuerpo y creación hecha de su más íntima verdad. Por primera vez, no fue más que presente vacío de pensamientos, presente nudo de emociones inentendibles intensas desesperadas. El motor de su camino, los laberintos de su infancia, la potencia de su dolor petrificado; todo cobro vida dentro de ella.  En ese tiempo continuo y espontaneo, escuchó un canto. Desgarrador, pasional, visceral. Canto de un tiempo anterior al de este universo, de un futuro próximo todavía no devorado. Eran las voces de los pajaros que salían de todos los rincones, para contemplar el escenario donde se desenvolvía la tragedia convertida en músical. Eran las lunas de todas las galaxias que sintieron el llamado del amor. Eran, más tímidamente, las orugas que motivadas por la presencia de esa niña devenida mujer devenida alma, se animaban a ser mariposas nocturnas. Eran, todavía encadenados, los mounstros que ascendían de las capas más calientes de la tierra, para compartir ese calor.
Ella, al contemplar ese espectaculo, el más maravilloso espectáculo que había visto en su vida,  sacó la voz. Desde su lado más humano, más vivido, más experimentado y percibido, sacó la voz. Sin saber para quien hablaba, sin saber que esperaba recibir a cambio, sin sacar los ojos de sí misma, sacó la voz.  Y lo que dijo fue tan genuino, tan verdadero y tan propio, que todos, hasta la más insensible de las criaturas, hasta la más sorda de las luciérnagas, hasta la más ciega de las estrellas, quisieron escuchar.  

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