sábado, 26 de abril de 2014

la llegada

Respiro, por primera vez, un aire que no está comprimido.  Sonidos, todos juntos, de un mundo nuevo. Todo nuevo por primera vez, invitándome a vivir. La luz, atravesando las pupilas, cruzando el cuerpo de quien no entiende de límites. Un pulso que me es ajeno con un latir que me es ajeno y un estar presente que me es ajeno también. Un calor demasiado fugaz como para que pueda soñar con su continuidad. Otro cuerpo demasiado instantaneo como para dejar la marca de la ilusión. La indiferencia, del mundo nuevo. El no lugar, del mundo nuevo. ¿Dónde termino? ¿Quién me sostiene?
Se necesitan años para comprender el significado de una llegada. Fue mi llegada, en una tarde de septiembre, con el frío no queriendo ceder, con las flores insistiendo en salir y los soles recorriendo un camino donde no entran las tormentas de amor.  Todo frío y a punto de romperse alrededor. Todo frágil y (des)controlado alrededor. Todo hostil y despiadado, alrededor.  Esto no es lo que me contaron los pájaros del tiempo cero. Esto no es lo que me narraron los viajeros, con los que comparti el terror a salir. Mi partida, más dolorosa que mi llegada. ¿ O fue al revés? Todo en suspenso, en la línea que divide esos dos acontecimientos. Todo inmóvil, en la hora exacta en que se cortan los hilos.  Quedémonos quietos, para no rompernos, para que no pase la locura a través de las manos y los ojos y las almas, que también están quietas, como todo lo demás, temblando. Todo temblando, para no desarmarse. El derrumbe inevitable, que atravesaría todo el camino hacia la puerta de entrada. ¿Hay puerta de entrada, en esta habitación?  ¿Por donde se entra a la vida?
Todo sombrío el limite entre el contenido y el continente de este lugar. Todo cerrado hermético ante la posibilidad de que se abra el canal que fluya la corriente de agua. Todo confuso en ese punto donde debería terminar un cuerpo todo indiferenciado el vacío entre dos cosas que debían estar separadas. La calle sin caminantes la luz entrando por los agujeros que dejan los bosques en el invierno. Todo un espacio entre cada ser singular todo un remolino de realidad separando las pieles envase de lo que no puede contenerse. Todo desparramada la esencia el sentir somos sentidos por el mundo más grande más atrás más antes que nosotros. Todos lo mismo enfrascado de distintas maneras. Todos lo mismo todo oscuro el hueco por donde transitan las cosas que deberían estar encerradas. 

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