lunes, 23 de enero de 2012
El asfalto está caliente. Pero lo pisás igual, corrés tán rápido que ni lo notás. Las risas contaminadas, los gritos de otros, se confunden, todos. Las zapatillas todas rotas, con una mezcla de barro y miseria que duele mirar. Y corrés igual. Porque hay un momento en el que no importa eso que siempre importa, no importa lo que tendría que importar. Es una caída libre, la libertad encerrada y condensada. Y vos corrés igual, porqué eso te hace ser especial, o igual, con eso basta. Los vidrios desparramados por las veredas, las pisadas rápidas, los chismes gratis, los ruidos multicolor. Los vecinos que no se entienden, pero se observan. La noche, el día, de nuevo la noche. Las estrellas.. ¿Qué estrellas? Solo veo luz de ciudad. Sombras de luces de ciudad. Pero quizás si creemos que son estrellas nos volvemos más felices. Te caíste, pero volviste a andar. Y el sol se va, y vuelve a venir, y seguís corriendo. Los timbres oxidados, las rejas siempre abiertas. El calor, el calor. Los coches, viejos y nuevos, las ruedas que se pinchan, las radios que se rompen o suenan. Una de las dos. Y el miedo a que se termine. En realidad, no hay miedo. ¿A que? Si lo único que se tiene es la capacidad de ser feliz con la nada. Las pelotas que rebotan, los cordones desatados. Y vos corres para no llegar último. El jugo que tiene gusto a agua, la transpiración, y el viento que te trae los cuarenta grados del norte. Las calles, las casas, las esquinas, más calles. Y al final de todo, el principio del día, el cielo claro, la primavera.
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