lunes, 23 de enero de 2012

Veo luces en el cielo, pero en realidad no son luces. Son puertas, que se abren y esconden un sol. Uno hecho de madera, y de hierro y quizás de algo verde como el muzgo. Un sol que no brilla, que no quema. Que traspasa la luz, que se pierde en una sombra. Una sola. Porque es eterna e inmortal. Se queda con todo lo que ve. Lo atrapa y lo devora: lo desintegra hasta convertirlo en piedritas de cristal negro. Como luciérnagas que se embriagan de tanto aire y se duermen en la punta de un pedazo de hielo. Porque yo lo veo así; como si el final de una aguja ascendiera desde la tierra para destruirlo todo. Y quedarse con la arena, espesa y liviana. Dulce, un poco salada y roja.
Y yo te veo. Estás hecho de una piel que no te cubre. Veo tus ojos, salpicando sangre y anís. Miel, lluvia, con muchas ganas, vida. Veo tu pelo, que nace en tus pies y acaba en tu ombligo. Como una trenza de risa, de azulejos azulados y hombrecitos saltarines. Veo la sombra de tu mundo. Empezás al revés. Donde todo termina, ahí está tu principio. Que no existe, y es todo. En la luna; ciega, oscura, violenta y angelical, estoy yo. Contemplando como el mundo se parte en dos. Como el mar migra hacia el sur, y el norte desaparece. Porque ya no queda nada. Y la nada es eso, un vacío, y un lugar que no logra desaparecer. El infierno de lo que no empieza. Y no termina. Nunca más.

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