lunes, 23 de enero de 2012

El calor, seco, y húmedo, rebelde, violento, tán ligero como para desplazarse por todos lados. Las vías, que parecían tan solitarias, plagadas de recuerdos, de aromas de ayer y de hoy, de algún día que existió, en algún mundo. Los pasos de la gente, que dejan huellas, pero no dicen nada. Solo ensucian la calle con emociones que nadie podría descifrar. El cielo, que no mira, pero espía. No sé como hace, pero al final del día lo sabe todo, aunque haya estado escondido todo el tiempo. Buenos Aires, tan agotada como siempre, tan manchada de ruido, tan acelerada. Hasta que una respíración la rasguña y la corta en pedazos, la desgarra. El vacío y el barullo al mismo tiempo. Caras que no dicen, voces que no cuentan, relatos huecos, sonrisas de telgopor. Y es que la mentira a veces puede ser tan fragil, que con soplarla se destruye, desaparece. La cascara es tán transparente que creer en ella es tan patético y tan absurdo como ver mares en desiertos.

Atardece. Y las vías siguen vacías. Siguen más llenas que nunca. De todo eso que no dice nada, siguen manchadas con colores que no pintan, con luces que en realidad, son sombras enmascaradas, agujeros negros, huracanes de plástico.

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