Me acuerdo de la noche. Era rara, no era como las demás. Había demasiado naturaleza viva, demasiada luz…Y yo no quería ver. Ese día no quería ver nada. Quería el silencio que ya no existe, ese que no esconde sonidos, ese que te hace caer como si atravesaras un túnel del tiempo. Ese día quería los mates con sabor a naranja, las hamacas paraguayas de los países lejanos, e incluso hubiera aceptado unos pastelitos de membrillo. Buscaba volver, no sé a donde, pero volver. El viento me dolía, el ruido del no-mar me daba miedo. Yo estaba quieta, y veía como las hojas se burlaban de mis pies. El viento las hacía bailar sobre mi piel, intercambiando opiniones, prestándose carcajadas entre si. Y yo no entendía mucho. Las veía, las dejaba vivir un rato, creer que de verdad tenían algún control sobre el mundo. Me encantaban los atardeceres de ese lugar, sobre todo porque iban acompañados de los sonidos de las ferias, de los idiomas extraños, vivos, coloridos. Y yo iba a la par de los animales del bosque, y los pájaros de la arena. Y las hormigas que se escondían por entre las piedras, y los peces que nadie veía porque al agua le faltaba transparencia y le sobraba contaminación. Que detalle estar presente de esa forma, que estupidez, que cursi… Hasta parecía una novela de algún escritor enamorado, hasta podía hacerse pasar por un cuadro recién pintado, hasta podría habérmelo creído. Imaginate eso; yo, perdida por ahí, con el tiempo, la imaginación y las ganas suficientes como para pensar todo esto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario