lunes, 6 de agosto de 2012

Caminaba con un vestido floreado y era tan primaveral que se confundía con la primavera misma.  Había azucenas violetas, pétalos rojos entrecruzados, alelíes amarillos saltando para no quedarse abajo (donde están las raíces, donde termina la luz). Caminaba con sandalias de cristal, tan frágiles que se destrozaban a cada paso, dejando pedacitos de sol por todo el jardín. Yo avanzaba mientras los juntaba con las manos, caminaba de forma extraña, transformándome a medida que rozaba los aires. Me quemaba y me disolvía.  Después daba un paso más y me congelaba, se me destruían las almas, se me alborotaban los sueños. Las princesas caminan tan despacio que a veces, ya no caminan. Vuelan, con la mente y las ideas y roban rosas,  sauces, estrellas. 
La luna seguía ahí inmóvil, con sus rayos dorados, era de noche y de día, no era nada, no había cielo ni planetas girando ni tierras ni mares. Era el desierto, el vacío, el horror. Avanzaba en la oscuridad, decorándola con presencias fugaces, coloreando los ríos pálidos, disfrazando las maravillas que todavía no habían nacido. Me daba miedo dar un paso más, pero lo daba y ya se me caían las flores contenidas en las ropas, se me caían las lágrimas de cianuro, se me derretía la piel. Me mire a ese espejo (tus ojos) toda paralizada, temblando, sin querer ver ningún reflejo. Pero ahí estabas y ya sabía. Ya sabía que eras vos, y no yo, lo que se veía. Se veían tus labios maltratados, las heridas a mitad de camino, el ideal, las raíces del mundo, tus destellos, vos. Con luces y sombras, con muertes y pulsaciones entremezclándose, pausas y ritmos descontinuados, implosiones, estalles, y cristales por todos lados, condensado historias de guerras y veranos sin luz.
Pero lo tenebroso era el estado, el ininterrumpido estado de no estar y estar, las dos cosas, sin que eso sea una contradicción.  Me quería tanto que daban ganas de matarse, de tirarse en paracaídas y viajar en el túnel de las pesadillas. Y todavía quedaban flores, todavía estábamos en primavera, cuando decidí volver a nacer. Y fué tan espontaneo, que termine volando sin alas, como en los cuentos que me contaba mi abuela, cuando todavía creía en la libertad.

domingo, 5 de agosto de 2012

vientos rebeldes,
primaveras despertándose,
un grito en el cielo,
un aguila sobrevolando las nubes
y la misma melodía
que todos hacemos existir
un sueño, una ilusión
la convicción, la esperanza
de cambiar algo
en este mundo que es pura
catástrofe, pura barbarie
y si al final del camino
se suman caídas
voy a saber, que al menos 
hubo batallas y rebeliones
y que no hay
rutina más placentera
que la que está plagada de luchas
(y de canciones)


sábado, 4 de agosto de 2012

si me duele la garganta,
y también me arden los oídos
si se me secan los ojos,
y siento tensión por todos lados
¿quiere decir que las cosas no están bien?
o tan bien como debería
hay días bellos,
días oscuros
días transformadores
y días huecos
pero los peores son
esos días en que no hay nada
más que cadenas,
y cafés que se repiten
y canciones que nunca terminan
y reflexiones completamente al pedo
que solo llevan a comprender
lo terrible que es estar vivo.
(no entiendo bien que quiero, pero
hay un deseo que es inalterable;
estar bien, bien)
(y otro día más que pasa con energías
tiradas al tacho, devueltas al mar)

martes, 24 de julio de 2012


(...) Quizas era la sensación de inmensidad. Es una inmensidad tan plena, tan vasta, tan sin fin que dan ganas de salir corriendo, de tragarse las plantas, colonizar los soles y los vientos, revolcarse en el aire cálido y desarmarse en ese paisaje. Esa es la sensación que siempre me provocó la vida; ganas, deseo, necesidad de habitarla en todas sus aristas. Lo paradójico es que esa sensación de vitalidad y entusiasmo es solo una cara de mi historia. La otra cara es la no-libertad, la inmovilidad, las sombras, el encierro, la locura. La no-existencia. Soy invisible. Tanta inmensidad me vuelve invisible, inhumana. Desaparezco,  me borro hasta desintegrarme. Quiero invadir el mundo y solo logro que el mundo me aplaste, me segregue, me ignore. El mundo me ignora, y ese es el dolor más grande que alguna vez sentí. Si hiciera una recopilación de relatos de los que formé parte, en todos se repite la misma estructura; un proceso de invisibilizacion. Como si fuera desdibujándome a medida que pasa el tiempo, mezclándome con los objetos, los muebles, los aromas pasajeros, el aire frío y el café que dura un sorbo. Soy ese intento constante por querer irrumpir en los munditos maravillosos de todos los que no son yo. Vivo afuera de mi, como desdoblada, como partida al medio; la profunda, bella, intensa y descontrolada, la salvaje, la poeta, la alquímica, la magnética. Y del otro lado del río, la transparente, desconocida, inaccesible y apagada, la cobarde, la silenciosa, la neutral, la impenetrable. ¿Cómo dejar de ser dos? Hay abismos tan grandes que termino saltando de un lado a otro. Pero lo terrible es que solo puedo ser la profunda a solas, con mis libros y mis cuentos, con mis canciones y mis ideas filosóficas incomunicables.  Cuando se traspasan ciertos espejos, se borran (se bloquean) muchas posibilidades.
Asique mi único problema es ese: existir. 

viernes, 13 de julio de 2012

Hay una carcel más violenta que las que están hechas de barrotes de hierro.  Más impenetrable,  más autoritaria, más fría. Es el silencio. Soberbio, fuerte, invencible.
Y cuando estás sometido a existencias ajenas,
cuando tu energía se activa en otro,
cuando solo aprendiste a construir relaciones impregnadas de tensión,
de poder, de ira, de reproches, de injusticias y fracasos
cuando llorar no es una opción, y los gritos nacen antes que el dolor
cuando no hay ese tiempo para... ¿para que?
para querer, para querer un poco esta vida.
que es terrible, pero también es hermosa.
te necesito
si, tenés tanto poder
y todos tienen tanto poder sobre mi
y yo quiero tener tanto poder sobre los demás
que es todo una mierda
donde no hay ilusión,
donde no hay nada, más que furia
volcanes de violencia, reacciones
te necesito, te necesito, te necesito.

lunes, 9 de julio de 2012


Los campos estaban cada vez más gastados; maltratados por el tiempo, violentados por el sol. Algunas noches, las almas de las huertas volvían al escenario y encarnaban papeles extraños, antiguos, duales. Eran el bien y el mal, que se perseguían entre sí para devorarse, para nutrirse de lo opuesto, de lo ausente. Jugaban juegos oscuros, buscando un contacto vital, un pulso en común. Se tragaban los miedos y crecían en direcciones contrarias, se acercaban, se alejaban, se veían. Si, siempre se veían, con ojos deseantes, con manos acartonadas. La luna seguía observándolos desde abajo, desde las raíces, se mezclaba con las aguas subterráneas, se deshacía y volvía a renacer en algunos segundos. Recomenzaban las guerras, desaparecían las primaveras. Los inviernos llevaban el sello de la eternidad, y los gritos se hundían, se fundían entre sí, como narrando un cuento de terror. Cantaba el sol apagándose de a poco, quedándose sin color, sin fuerza, sin poder. Se deshacía sin respirar, sin moverse, se desvanecía. Y también se desdibujaban los acontecimientos, no se entendían, eran ambiguos, violentos, veloces y frenéticos. Buscaba estabilidad, el jacarandá buscaba estabilidad. Pero solo veía colores tiñéndose entre sí, explosiones de luz, sombras, más sombras, relámpagos y algún huracán que se tragaba las flores. Era una existencia ambivalente, una pausa sin final.
Y en un momento terminó todo. Y solo quedaba el silencio, que congela los días, que te arranca las horas, te elimina, te anula, te desaparece y te mata. De forma instantánea, impredecible, te suprime. Y ya no hay mapas tampoco, solo hay líneas, y puntos y mares con soles y tierras sin nombre. Rutas abandonadas, caminos a medio andar, puentes que se caen y se disuelven en lagos negros o plateados, en mares rojos, en estrellas fugaces que se prenden en medio de la inmensidad. Es el final, de los tiempos, del tiempo como unidad, de la vida, de las historias. Es el final de la humanidad y del hombre. Se mueren todos. Se van. No, no se van, no se mueren, se desintegran. Y no queda nada, solo energía. Tanta energía que explota el espacio, sin parar. Vuelve a explotar. Se contamina, se regenera, muere, nace de nuevo y vuelve a estallar. Son implosiones continuas, ritmos ininterrumpidos con girasoles decorando el final. Un bigbang invertido, una dilatación colonial. 

domingo, 8 de julio de 2012

¿De que material tendría que estar hecha para estar siempre presente?
¿Para no desaparecer, desaparecerme, que me desaparezcan?
Soy tan volátil, me esfumo. 
Me desdibujo como si estuviera hecha con crayones, o con tizas.
De esas que pasando la mano empiezan a borrarse.
Y ya no estoy, y me perdí. En la distancia, veo los paisajes de los que formaba parte; soy la espectadora de mis propios escenarios, la lectora de mis propios cuentos.
No entiendo de teorías, de maneras, de métodos y técnicas... Pero entiendo de sensaciones y fracasos; de derrotas continuas y primaveras artificiales. Una vez entendí que no se puede estar siempre brillando, y sin embargo veo luces que nunca se apagan. Me pregunto cuanto de esa imagen es real, cuanto se conserva por dentro, traspasando las capas lustradas.  Me acuerdo de una imagen fuerte, de las que condensan relatos y emociones perturbadoras. Una montaña, enorme. La naturaleza encendida, viva, respirando. La inmensidad, la infinitud, el cielo, el verde, la vida. Y el silencio. Es un silencio tan pero tan escandaloso, con tantas voces contenidas y tantos discursos superpuestos que me marea. Me asusta, y hasta diría que me acosa un poco, como ahogándome. Me asfixia. Pero detrás de ese silencio hay una sola cosa; la soledad. Esa soledad que aparece cuando el mundo gira con vos sentada en otro planeta. Un silencio tan inesperado y tan violento, que aparece incluso entre la multitud, entre parlantes y música, en las fiestas más alborotadas, en las caminatas multitudinarias y entre el descontrol y el desastre. Aparece sin avisos, y lo anula todo. No queda nada. Solo el silencio. Y no es precisamente paz, calma. No es un descanso, no es una pausa. Es el mundo entero sobre uno, es el ojo del huracán, el volcán desbordante.  La soledad que borra, que me borra. ¿donde estoy? y ya no sé si estar es la palabra indicada, si preguntar en donde o si empezar preguntándome ¿estoy?. Siempre se trata de eso, de intervenir, de seguir existiendo, de no desaparecer. Necesito fusionarme para ser, como si siempre fuera la otra parte de algo. O como si siempre hubiese existido la otra parte de mi.
Mirame, ¿me ves? necesito que me veas. ¿Me ves? Quiero prender algunas bengalas, gritar unas cuantas cosas y salir corriendo. Partir tu respiración,  incendiar la escena y volar. O quedarme, hasta estar segura de estar viva. De seguir estando. De existir.