Caminaba con un vestido floreado y era tan primaveral que se confundía con la primavera misma. Había azucenas violetas, pétalos rojos entrecruzados, alelíes amarillos saltando para no quedarse abajo (donde están las raíces, donde termina la luz). Caminaba con sandalias de cristal, tan frágiles que se destrozaban a cada paso, dejando pedacitos de sol por todo el jardín. Yo avanzaba mientras los juntaba con las manos, caminaba de forma extraña, transformándome a medida que rozaba los aires. Me quemaba y me disolvía. Después daba un paso más y me congelaba, se me destruían las almas, se me alborotaban los sueños. Las princesas caminan tan despacio que a veces, ya no caminan. Vuelan, con la mente y las ideas y roban rosas, sauces, estrellas.
La luna seguía ahí inmóvil, con sus rayos dorados, era de noche y de día, no era nada, no había cielo ni planetas girando ni tierras ni mares. Era el desierto, el vacío, el horror. Avanzaba en la oscuridad, decorándola con presencias fugaces, coloreando los ríos pálidos, disfrazando las maravillas que todavía no habían nacido. Me daba miedo dar un paso más, pero lo daba y ya se me caían las flores contenidas en las ropas, se me caían las lágrimas de cianuro, se me derretía la piel. Me mire a ese espejo (tus ojos) toda paralizada, temblando, sin querer ver ningún reflejo. Pero ahí estabas y ya sabía. Ya sabía que eras vos, y no yo, lo que se veía. Se veían tus labios maltratados, las heridas a mitad de camino, el ideal, las raíces del mundo, tus destellos, vos. Con luces y sombras, con muertes y pulsaciones entremezclándose, pausas y ritmos descontinuados, implosiones, estalles, y cristales por todos lados, condensado historias de guerras y veranos sin luz.
Pero lo tenebroso era el estado, el ininterrumpido estado de no estar y estar, las dos cosas, sin que eso sea una contradicción. Me quería tanto que daban ganas de matarse, de tirarse en paracaídas y viajar en el túnel de las pesadillas. Y todavía quedaban flores, todavía estábamos en primavera, cuando decidí volver a nacer. Y fué tan espontaneo, que termine volando sin alas, como en los cuentos que me contaba mi abuela, cuando todavía creía en la libertad.
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