martes, 7 de agosto de 2012


Pensé en carrusel, y después pensé en un campo. Un campo vacío y verde, de otoño.  De sol. El sol en otoño es alucinante, porque su color combina con las hojas secas, caídas, naranjas. Esta fresco pero no lo suficiente como para que uno decida no salir a caminar. Hay niebla, y todo está entre blanco y verde y naranja y celeste. No se sabe bien que temperatura hace, pero está cálido y ventoso al mismo tiempo. Y está el carrusel, en el medio de todo eso, que gira. Nunca para, por nada del mundo. Suenan canciones viejas, vencidas, mientras las figuras siguen andando. Un poco oxidados, maltratados por los años, heridos. Llevan vendas que los curan y los protegen de las bajas temperaturas, del calor y de la gente. La gente se pasea por los pastizales, juntando florcitas y regando emociones, pero nunca se atreven a tocar, ni siquiera a mirar, el carrusel. Cuando algún valiente se anima y lo observa, lo ve moverse sobre su propio eje, generalmente se pone a tararear una canción. Siempre es la misma canción, la que dice algo así como “en ese lugar, en ese tiempo, se movían los molinos… en ese lugar, en ese tiempo, soplaban las mariposas…”
Y entonces para. Las sirenas, los caballitos, los ángeles, las princesas y los duendes dejan de dar vueltas. Se encienden sus cuerpos, se apaga la naturaleza, y todo se vuelve confuso. La canción suena cada vez más fuerte, aturde a los seres humanos, los normales, los que tienen pies y manos.  Las hormigas se vuelven locas, se revuelcan en la tierra, festejan, lloran, mueren y finalmente se restituyen. Las luciérnagas se van prendiendo a los hierros del carrusel, lo decoran, completan las leyendas. Se seca el río, se curan las estrellas.
Cuando el carrusel se detiene, el campo desaparece, porque todo es, fue y será, carrusel, luz,  sonido y magia. Oscura, maravillosa, pero eso sí, inhumana.  Y todas las respiraciones andan en bicicletas por el aire, se cruzan y se aman, se convierten en lo que no eran, y después vuelven a ser eso, bicicletas. Que escandaloso todo eso. Parece un escenario prendido fuego, extinguiéndose o aprendiendo a caminar. Las criaturas van al bosque, se nutren de vida, juntan fuerzas y después vuelven al carrusel, ya listas para empezar a moverse, para reproducirse entre sí, para avanzar. Y ahí muere todo, y la vida vuelve a ser inórganica, común. El campo toma su color de siempre, anaranjado, la puesta de sol termina de existir, y ya no hay nada más que eso; un campo con un carrusel viejo. La cajita musical se cierra, se duermen las almas, se apaga la luz y se escucha a lo lejos "en ese lugar, en ese tiempo, hubo una guerra... en ese lugar, en ese tiempo, el universo dejó de latir"

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