Los campos estaban cada vez más gastados; maltratados
por el tiempo, violentados por el sol. Algunas noches, las almas de las huertas
volvían al escenario y encarnaban papeles extraños, antiguos, duales. Eran el
bien y el mal, que se perseguían entre sí para devorarse, para nutrirse de lo
opuesto, de lo ausente. Jugaban juegos oscuros, buscando un contacto vital, un
pulso en común. Se tragaban los miedos y crecían en direcciones contrarias, se
acercaban, se alejaban, se veían. Si, siempre se veían, con ojos deseantes, con
manos acartonadas. La luna seguía observándolos desde abajo, desde las raíces,
se mezclaba con las aguas subterráneas, se deshacía y volvía a renacer en algunos
segundos. Recomenzaban las guerras, desaparecían las primaveras. Los inviernos
llevaban el sello de la eternidad, y los gritos se hundían, se fundían entre
sí, como narrando un cuento de terror. Cantaba el sol apagándose de a poco,
quedándose sin color, sin fuerza, sin poder. Se deshacía sin respirar, sin
moverse, se desvanecía. Y también se desdibujaban los acontecimientos, no se
entendían, eran ambiguos, violentos, veloces y frenéticos. Buscaba estabilidad,
el jacarandá buscaba estabilidad. Pero solo veía colores tiñéndose entre sí,
explosiones de luz, sombras, más sombras, relámpagos y algún huracán que se
tragaba las flores. Era una existencia ambivalente, una pausa sin final.
Y en un momento terminó todo. Y solo quedaba el
silencio, que congela los días, que te arranca las horas, te elimina, te anula,
te desaparece y te mata. De forma instantánea, impredecible, te suprime. Y ya
no hay mapas tampoco, solo hay líneas, y puntos y mares con soles y tierras sin
nombre. Rutas abandonadas, caminos a medio andar, puentes que se caen y se
disuelven en lagos negros o plateados, en mares rojos, en estrellas fugaces que
se prenden en medio de la inmensidad. Es el final, de los tiempos, del tiempo
como unidad, de la vida, de las historias. Es el final de la humanidad y del
hombre. Se mueren todos. Se van. No, no se van, no se mueren, se desintegran. Y
no queda nada, solo energía. Tanta energía que explota el espacio, sin parar.
Vuelve a explotar. Se contamina, se regenera, muere, nace de nuevo y vuelve a
estallar. Son implosiones continuas, ritmos ininterrumpidos con girasoles decorando
el final. Un bigbang invertido, una dilatación colonial.
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