lunes, 9 de julio de 2012


Los campos estaban cada vez más gastados; maltratados por el tiempo, violentados por el sol. Algunas noches, las almas de las huertas volvían al escenario y encarnaban papeles extraños, antiguos, duales. Eran el bien y el mal, que se perseguían entre sí para devorarse, para nutrirse de lo opuesto, de lo ausente. Jugaban juegos oscuros, buscando un contacto vital, un pulso en común. Se tragaban los miedos y crecían en direcciones contrarias, se acercaban, se alejaban, se veían. Si, siempre se veían, con ojos deseantes, con manos acartonadas. La luna seguía observándolos desde abajo, desde las raíces, se mezclaba con las aguas subterráneas, se deshacía y volvía a renacer en algunos segundos. Recomenzaban las guerras, desaparecían las primaveras. Los inviernos llevaban el sello de la eternidad, y los gritos se hundían, se fundían entre sí, como narrando un cuento de terror. Cantaba el sol apagándose de a poco, quedándose sin color, sin fuerza, sin poder. Se deshacía sin respirar, sin moverse, se desvanecía. Y también se desdibujaban los acontecimientos, no se entendían, eran ambiguos, violentos, veloces y frenéticos. Buscaba estabilidad, el jacarandá buscaba estabilidad. Pero solo veía colores tiñéndose entre sí, explosiones de luz, sombras, más sombras, relámpagos y algún huracán que se tragaba las flores. Era una existencia ambivalente, una pausa sin final.
Y en un momento terminó todo. Y solo quedaba el silencio, que congela los días, que te arranca las horas, te elimina, te anula, te desaparece y te mata. De forma instantánea, impredecible, te suprime. Y ya no hay mapas tampoco, solo hay líneas, y puntos y mares con soles y tierras sin nombre. Rutas abandonadas, caminos a medio andar, puentes que se caen y se disuelven en lagos negros o plateados, en mares rojos, en estrellas fugaces que se prenden en medio de la inmensidad. Es el final, de los tiempos, del tiempo como unidad, de la vida, de las historias. Es el final de la humanidad y del hombre. Se mueren todos. Se van. No, no se van, no se mueren, se desintegran. Y no queda nada, solo energía. Tanta energía que explota el espacio, sin parar. Vuelve a explotar. Se contamina, se regenera, muere, nace de nuevo y vuelve a estallar. Son implosiones continuas, ritmos ininterrumpidos con girasoles decorando el final. Un bigbang invertido, una dilatación colonial. 

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