Eras como un solcito dulce, rayado, sensible, impulsivo. Lo peor de todo es que tus impulsos eran correctos, acertados, le hacían bien a la humanidad. Eras como un bien por naturaleza. Yo intentaba seguirlos pero eran tan continuados y tan hermosos que me perdía. Después me di cuenta que te habían fabricado para que algún día me completaras. Y cuando te veía, te quería, para mí, para que mi mundo te atrape y te congele en mi tiempo. Una vez te había visto entre desiertos, frutas y jacarandaes, te confundías con la lluvia, que era tan finita pero tan intensa que por momentos parecía una delgada capa transparente y por momentos se convertía en una muralla de polvo. La segunda vez, te había visto con una guitarra en la mano, y aunque no sabías muy bien como usarla, algo de ese sonido me llamó la atención. Me hacía acordar al arte. Intentaba alcanzarlo, lo perseguía, pero se perdía en ese limbo. Y después te volví a ver, pero en realidad solo escuchaba tu risa, que era algo así como un sonajero que no para de hacer un ruido contagioso. Nada de lo que pasaba me causaba gracia, pero me reía. Me hacías reír, y eso estaba bien.
Y después de verte muchas veces me di cuenta de lo que pasaba (me sentí un poco tonta, pero yo te juro que era así): te quería con toda mi carta astral. Desde mi ascendente en piscis, hasta mi luna en escorpio. Y bueno, para mi sol en virgo eras tan interesante... Era imposible, imposible de verdad, no querer estar más cerca. Es que me nombrabas tan seguido (o mejor, algo en mí te nombraba tan seguido) que ser parte de vos ya se había convertido en objetivo de vida.
Mirá, mejor dame otro mate, y hagamos como que no pasa nada, porque si sigo pensando en que alguien te diseñó para que mi dibujo no quede incompleto, las cosas van a terminar muy mal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario