miércoles, 8 de febrero de 2012

Apareces tantas veces que tengo miedo de quererte para siempre. Con colores distintos, con mascaras, con flores que te hacen ver diferente, pero sos siempre vos. Con los pies plateados, con esas manos de demonio. Me atrapás con tu corazón de metal, que no respira, pero bombéa y me empuja, me pega en donde no duele. El jardín está repleto de tus olores, de tus pulsaciones pausadas, desparramadas por el pasto, que tiñen lo que algunos llaman naturaleza. Para mi, es solo un jardín que imita la naturaleza, pero nunca la va a igualar. Con soles que giran, con raíces de árboles que se entremezclan tanto entre sí que ya no se sabe donde termina y empieza algo. Las uvas azules, las manzanas violetas, y hasta las naranjas no naranjas, se quejan. Se quejan de vos, que con tus cien miradas lo atravesás todo, lo rompes, lo quemás. Estiras los brazos y me arrancas los pensamientos, los decoras, los retorcés, y me los devolvés y yo no entiendo nada ya. Si es que de repente soy otra o si te deseo porque hiciste algo. Sos como un hechizo de veneno bordó que se infiltra en los sistemas de cualquier cosa que tenga un poco de vida, vas retocando el mundo para que te calce bien. Con pinceles opacos, lo pintás de negro y después le das un poco de luz, y ya no se sabe si querés que seamos todos felices o si estás esperando la guerra.
Sos un desastre, y yo también. Después de empezar a existir solo queda una cosa para hacer: seguir existiendo. 

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