miércoles, 8 de febrero de 2012
En las quintas siempre era así, salían las luciérnagas a amenazarnos con sus luces de colores y nos hacíamos los dormidos. Nos corríamos de lugar con nuestros brazos y nuestras piernas y todos nuestros cuerpos, y volvíamos a empezar. Hacía calor, se te derretía la piel, y era de noche. Siempre con la luna como diamante sobre nuestras cabezas. A veces creo que me mira, esa luna. Tiene agujeros negros, que dicen ser ojos, y me mira. Es salvaje, es impulsiva. Me da miedo. Yo prefiero hacer de cuenta que no está, pero no es tán fácil. Lo que no se puede evitar es el olor a pétalos, ese aroma cálido y frío que te mata. Te arranca el alma y te moris, así de simple. Una vez estábamos jugando a las escondidas, y no los encontré más, a ninguno. Las flores se los habían comido, enteritos. Ahí fué cuando empecé a sospechar, hasta que lo confirmé: tenía plantas carnívoras en mi quinta. Todos los días veía desaparecer a los demás, y veía como se encendían los jazmines y crecían los girasoles y bailaban las azucenas. Era lo típico. Una vez no aguanté más, me acerqué a la huerta y me deje llevar. Y fué hermoso. La naturaleza me poseyó; me desprendí de mi cuerpo, de mi misma, me doble en dos, y me repartí. Me convertí en verde, celeste, amarillo, fuí una extensión de la tierra, y absorbí sol. Canté la canción que anuncia el fín, despegué. Me desarmé, me reconstruí. Fuí libre, fuí inmortal.. Hasta que al final, dejé de respirar.
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ey me re cabio!!
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