Cuando escribo no soy yo, es otra yo. Una que está atrás de mi yo visible, sería como un clon, o un doble que hace las escenas riesgosas. Bah, no sé bien, porque el cuerpo lo pongo yo, es decir la yo que se ve, pero el alma... eso se lo deja a la otra. Y cuando escribo, pongo justamente eso: el alma. Es como si saliera de mí una voz que hasta a mi misma me resulta ajena, la miro con un signo de interrogación dibujado en los pensamientos, me quedo bastante asombrada. Dice cosas que ni yo sabía que quería decir, confiesa hechos que no tenía idea que existían. Ahora por ejemplo, es una excepción, porque cuando reflexiono sobre algo, siempre habla mi yo externa, pero cuando escribo instintivamente, sin poner mucho la cabeza y dejando fluir ese líquido de...¿verdades?, habla la yo "interior" (qué?) la yo inconsciente, pasional, libre y blabla.
(Viste que hoy es uno de esos días en que llueve piedras, te tomás tés de vainilla, abrís cuevana, aunque no es mi caso, y cuando mirás la hora ya cantan los pajaritos.. Hoy es uno de esos días en que prendería un sahumerio, pero no tengo energía para salir de la cama... me encantaría taparme con el acolchado de plumas pero hace calor, odio el calor. Me gusta el invierno, las hojas que se caen, o ya están por ahí desmayadas en las veredas, el frío que te hace usar bufandas, gorros, camperas y borcegos... el acolchado de plumas, los cafés que te ponen arriba para leerte los cuarentaycuatromilnovecientossesentaysiete textos de la facultad, y los mates mientras discutis política o te resumis los cuarentaycuatromilnovecientossesentaysiete textos que ya leiste. Mi vida basicamente se trata de infusiones, y por eso odio el verano, porque tomarme algo caliente con cuarenta grados me suena hasta hipócrita)
No hay comentarios:
Publicar un comentario