No sabía que los espejos hablaran tanto. Incluso cuando está oscuro nos vemos, en la pared de atrás de la pared. Tu infierno toca el mío, lo acaricia, y se lo queda. Entonces ya no sé quien soy y eso es bueno. Los jacarandaes muertos por ahí, las esmeraldas que se apagaron con el humo de tu respiración, y la canción incinerada, que cada tanto suena y parece un ruido mal coordinado. Me tocaste una vez y fué tan placentero que quise llorar. Tus manos me arrancaron una carcajada, esa que viajaba por mi garganta. Y después volví a mi. Y vi los caramelos que escondías, los quise probar, pero no pude. Eran muy dulces, eran muy picantes, tenían demasiados gustos y eso me confundía. Como si se llamaran de tres formas distintas pero permanentes a la vez, juntas separadas inseparables fragmentadas. Algo así, era todo un lío. Quiero gritar y nada más. Gritar tan alto que la tierra se de vuelta y me caiga al planeta siguiente y ahí me prenda fuego y termine en Plutón congelada. Sería una muerte interesante, con muchos cambios, de los que me gustan. Una muerte con contradicciones, viajes, movimiento y vida. Dicen que en algunas constelaciones hay enanos sabios, que te cuentan historias de otros lugares en donde otros enanos le contaron historias que en otros lugares otros enanos ya les habían contado. Y después terminan llegando a mí, porque me morí en Plutón congelada charlando con enanos y riéndome de la felicidad.
Viajes, viajes, viajes.
Mi amor, no te asustes, sos demasiado hermoso como para que yo tenga gans de conocer Plutón, si vos vendrías a ser algo así como los nueve planetas condensados en uno. Eso es lo maravilloso de verte: que veo todo lo que podría estar viendo. Sos como un carnaval de vida pero inerte. (De esos que están tan oxidados que ya no funcionan)-
No hay comentarios:
Publicar un comentario