miércoles, 29 de febrero de 2012

Eras como un solcito dulce, rayado, sensible, impulsivo. Lo peor de todo es que tus impulsos eran correctos, acertados, le hacían bien a la humanidad. Eras como un bien por naturaleza. Yo intentaba seguirlos pero eran tan continuados y tan hermosos que me perdía. Después me di cuenta que te habían fabricado para que algún día me completaras. Y cuando te veía, te quería, para mí, para que mi mundo te atrape y te congele en mi tiempo. Una vez te había visto entre desiertos, frutas y jacarandaes, te confundías con la lluvia, que era tan finita pero tan intensa que por momentos parecía una delgada capa transparente y por momentos se convertía en una muralla de polvo. La segunda vez, te había visto con una guitarra en la mano, y aunque no sabías muy bien como usarla, algo de ese sonido me llamó la atención. Me hacía acordar al arte. Intentaba alcanzarlo, lo perseguía, pero se perdía en ese limbo. Y después te volví a ver, pero en realidad solo escuchaba tu risa, que era algo así como un sonajero que no para de hacer un ruido contagioso. Nada de lo que pasaba me causaba gracia, pero me reía. Me hacías reír, y eso estaba bien. 
Y después de verte muchas veces me di cuenta de lo que pasaba (me sentí un poco tonta, pero yo te juro que era así): te quería con toda mi carta astral. Desde mi ascendente en piscis, hasta mi luna en escorpio. Y bueno, para mi sol en virgo eras tan interesante... Era imposible, imposible de verdad, no querer estar más cerca. Es que me nombrabas tan seguido (o mejor, algo en mí te nombraba tan seguido) que ser parte de vos ya se había convertido en objetivo de vida.
Mirá, mejor dame otro mate, y hagamos como que no pasa nada, porque si sigo pensando en que alguien te diseñó para que mi dibujo no quede incompleto, las cosas van a terminar muy mal.

lunes, 27 de febrero de 2012

hay días en que siento revoluciones adentro mío
mi yo se revela contra el super yo
explotador que lo oprime
y no deja que mi ello se exprese y se realice libremente
es así
las revoluciones internas ocurren
cuando el super yo se pone tan duro que
termina siendo un freno
para el ello que crece y avanza
y entonces el yo manda todo a la mierda
y es libre
y después bueno,
aparece de nuevo el super yo
con su severidad y sus leyes
y todo vuelve a empezar
la verdad, que revolución mal hecha
(¿"revolución permanente" por Freud?)
que quemada que estoy

domingo, 19 de febrero de 2012

Cuando no me vés siento tanta ira que creo que podría hacer cosas demasiado irrazonables. Me acercaría a vos y te torturaría hasta que no te quede vida, hasta matarte. Te desarmaría, te usaría para pintar paredes y después te seguiría destrozando hasta el punto de que revivas, porque la muerte es tán intensa que  duele, se siente.  Te arrancaría lo humano que te queda, lo pisaría, lo disfrazaría de algo que lastime los ojos y lo dejaría tirado en alguna calle. 
Cuando no me ves me mataría a mi misma, con la misma furia con que se puede hacer temblar el mundo, con las ganas con las que a veces me río y con la potencia de un arma nuclear. Me clavaría todas las agujas que encuentre, porque la sangre es de un rojo vivo y vital, como mi ira. Como cuando un hielo raja algo, que el sonido es tan agudo y tan insoportable que querés perder la consciencia. A veces quisiera eso, perder la consciencia y vivir en una alucinación tan delirante que todo termine en un climax de colores que te hacen mal y entonces la única forma de salir de ahi es volviendo a perder la consciencia.
Cuando no me ves, es tan grande el odio que me invade, que me doy miedo. Mis manos parecen estar cargadas con una energía capaz de hacer explotar cualquier cosa que toque, pero en realidad eso no pasa. Todo se queda ahí, llega hasta mis manos y vuelve para adentro y me pega y me duele y odio mas y quiero romper trescientos espejos a la vez y que todos los vidrios de mi casa se rompan y que vos termines tan destruido que ya no se puedan reconocer ni siquiera tus ojos.
Cuando soy transparente para vos, te volvés tán fluorecente que me arde el cuerpo, me pica el alma y me quiero convertir en fuego para incendiar todo lo que me rodea. 
Cuando soy transparente tiemblo tanto que el viento es suficiente para producir una reacción química de esas que te llenan todo de ácido, te envenenan la naturaleza y destruyen el planeta. Soy ácida, soy un infierno que arde, soy destructiva, contaminante, asesina. Soy tan tan tan tan tan y ni siquiera me animo a tocarte.

jueves, 9 de febrero de 2012

La bocina del tren, la noche blanca. Las vías viejas, desgarradas, los faroles.  Todos me miran como si supieran de mi crimen. Yo maté- Sh. Es un secreto. Si, lo saben, estoy segura. Los árboles, que con el viento, tienen una excusa perfecta para vengarse. Los kioskos, vacíos, con botellas  durmiendo en sus superficies, me cierran las puertas. Las escaleras, apoyadas en la pared, de la construcción que nunca se convirtió en algo construido, me asusta. La bocina del tren, de nuevo. Tengo miedo, me miran. Ya saben. Susurran, me cuentan, me escondo. Los laberintos de luces quemadas, que nadie arreglo, se apagan. Los semáforos, de colores, se quedan. Las hojas, quebradizas, frágiles, inyectadas de muerte, se caen. Las piso. Me apuro. El aire, que sale de mi nariz, congelada, se agota. Los ritmos, las horas, el silencio, las noches, los sueños, las caminatas, los olores, las vecinas, el policía, mi tío, me persiguen. 
Y cuando recupero algo de lo que se podría llamar vitalidad me doy cuenta de que si no me apuro todo se me viene encima y que si me sigo quedando con las sensaciones momentáneas el mundo me va a aplastar antes de que tenga tiempo de mirarlo y va a ser en ese preciso momento cuando todo termine y por fin pueda sentir la libertad de no tener a nadie que me mire y me diga que me conoce y sabe que hice todo mal.
Me quedo. Me voy. Vuelvo. Ya está. Salí. No. De nuevo. Subimos. Me caigo. El muelle. La torre. Tu voz, mi voz. Las cosas. La vida. El cielo. Tus ojos. Mis miedos. Tu luz. La mía. Apagada. Me asesinas. De nuevo, tu existencia me acaba de matar por enésima vez en el día. 
Y de nuevo revivo porque no sé que otra cosa podría hacer después de morirme tantas veces en un mismo atardecer... Vamos que subimos despacio como en una montaña rusa donde empezás despacito y cuando le agarras velocidad ya nada te para y sentis como si tuvieras una bomba a punto de explotarte en el cuerpo que te va contando los minutos aunque sabes que en realidad nunca va a explotar nada y tu vida va a ser tan miserable cuando el juego llegue a su fin que vas a tener que volver a subir para sentir algo en el cuerpo y no pensar que te moriste con la caída o con el vértigo o la felicidad de estar casi tocando el cielo pero no no no lo tocaste y eso es lo divertido lo desafiante de aprender a volar porque no es volar es aprender a volar y hacer de cuenta que estas a punto de cumplir el sueño más fantástico y vivir la experiencia utópica nirvánica imposible de ser algo mas que el ser humano típico que camina y avanza tan lento que nunca puede llegar a lo que quiere porque cuando se esta acercando ya es tarde por el paso lento y entonces volvés a subirte imaginando que esta vez sos invencible y terminas volviéndote adicto a ese juego como cuando eras un adolescente porque al final es la única manera de ser alguien y de no sentir el vacío hueco cruel destructivo y soberbio que nos regalan cada vez que nacemos acá.
Volví a tierra. Ya volé. Ya me piso el tren. Ya me aplastaron todos los objetos. Los de la calle. Los de afuera. Ya soy otra. La de atrás. La que esperaba a que me muera para salir. Y acá estoy. De nuevo. Caminando. La bocina del tren. Me da miedo. 
Me saca que hoy
en vez de decirte hola como te llamas
te digan hola como es tu pin
muerte a los blackberrys
los prendería fuego a todos juntos
y encima, odio los ruiditos
cuatro personas con el mismo sonido 
las veinticuatro horas del día
es demasiado para mi cerebro, 
saquenle la tecnología a mi familia
por favor,  que si no los matoooooooooooo.
No sabía que los espejos hablaran tanto. Incluso cuando está oscuro nos vemos, en la pared de atrás de la pared. Tu infierno toca el mío, lo acaricia, y se lo queda. Entonces ya no sé quien soy y eso es bueno. Los jacarandaes muertos por ahí, las esmeraldas que se apagaron con el humo de tu respiración, y la canción incinerada, que cada tanto suena y parece un ruido mal coordinado. Me tocaste una vez y fué tan placentero que quise llorar. Tus manos me arrancaron una carcajada, esa que viajaba por mi garganta. Y después volví a mi. Y vi los caramelos que escondías, los quise probar, pero no pude. Eran muy dulces, eran muy picantes, tenían demasiados gustos y eso me confundía. Como si se llamaran de tres formas distintas pero permanentes a la vez, juntas separadas inseparables fragmentadas. Algo así, era todo un lío. Quiero gritar y nada más. Gritar tan alto que la tierra se de vuelta y me caiga al planeta siguiente y ahí me prenda fuego y termine en Plutón congelada. Sería una muerte interesante, con muchos cambios, de los que me gustan. Una muerte con contradicciones, viajes, movimiento y vida. Dicen que en algunas constelaciones hay enanos sabios, que te cuentan historias de otros lugares en donde otros enanos le contaron historias que en otros lugares otros enanos ya les habían contado. Y después terminan llegando a mí, porque me morí en Plutón congelada charlando con enanos y riéndome de la felicidad. 
Viajes, viajes, viajes.
Mi amor, no te asustes, sos demasiado hermoso como para que yo tenga gans de conocer Plutón, si vos vendrías a ser algo así como los nueve planetas condensados en uno. Eso es lo maravilloso de verte: que veo todo lo que podría estar viendo.  Sos como un carnaval de vida pero inerte. (De esos que están tan oxidados que ya no funcionan)-

miércoles, 8 de febrero de 2012

En las quintas siempre era así, salían las luciérnagas a amenazarnos con sus luces de colores y nos hacíamos los dormidos. Nos corríamos de lugar con nuestros brazos y nuestras piernas y todos nuestros cuerpos, y volvíamos a empezar. Hacía calor, se te derretía la piel, y era de noche. Siempre con la luna como diamante sobre nuestras cabezas. A veces creo que me mira, esa luna. Tiene agujeros negros, que dicen ser ojos, y me mira. Es salvaje, es impulsiva. Me da miedo. Yo prefiero hacer de cuenta que no está, pero no es tán fácil. Lo que no se puede evitar es el olor a pétalos, ese aroma cálido y frío que te mata. Te arranca el alma y te moris, así de simple. Una vez estábamos jugando a las escondidas, y no los encontré más, a ninguno. Las flores se los habían comido, enteritos. Ahí fué cuando empecé a sospechar, hasta que lo confirmé: tenía plantas carnívoras en mi quinta. Todos los días veía desaparecer a los demás, y veía como se encendían los jazmines y crecían los girasoles y bailaban las azucenas. Era lo típico. Una vez no aguanté más, me acerqué a la huerta y me deje llevar. Y fué hermoso. La naturaleza me poseyó; me desprendí de mi cuerpo, de mi misma, me doble en dos, y me repartí. Me convertí en verde, celeste, amarillo, fuí una extensión de la tierra, y absorbí sol. Canté la canción que anuncia el fín, despegué. Me desarmé, me reconstruí. Fuí libre, fuí inmortal.. Hasta que al final, dejé de respirar.
Apareces tantas veces que tengo miedo de quererte para siempre. Con colores distintos, con mascaras, con flores que te hacen ver diferente, pero sos siempre vos. Con los pies plateados, con esas manos de demonio. Me atrapás con tu corazón de metal, que no respira, pero bombéa y me empuja, me pega en donde no duele. El jardín está repleto de tus olores, de tus pulsaciones pausadas, desparramadas por el pasto, que tiñen lo que algunos llaman naturaleza. Para mi, es solo un jardín que imita la naturaleza, pero nunca la va a igualar. Con soles que giran, con raíces de árboles que se entremezclan tanto entre sí que ya no se sabe donde termina y empieza algo. Las uvas azules, las manzanas violetas, y hasta las naranjas no naranjas, se quejan. Se quejan de vos, que con tus cien miradas lo atravesás todo, lo rompes, lo quemás. Estiras los brazos y me arrancas los pensamientos, los decoras, los retorcés, y me los devolvés y yo no entiendo nada ya. Si es que de repente soy otra o si te deseo porque hiciste algo. Sos como un hechizo de veneno bordó que se infiltra en los sistemas de cualquier cosa que tenga un poco de vida, vas retocando el mundo para que te calce bien. Con pinceles opacos, lo pintás de negro y después le das un poco de luz, y ya no se sabe si querés que seamos todos felices o si estás esperando la guerra.
Sos un desastre, y yo también. Después de empezar a existir solo queda una cosa para hacer: seguir existiendo. 

viernes, 3 de febrero de 2012

(Quiero tener frío para tener ganas de tomarme un café y entonces tomarme un café)
Es hermoso el norte ¿viste? te dan ganas de recorrerlo aunque haga mucho calor, porque es un calor seco, no húmedo como el de esta ciudad y entonces entre los colores y las montañas y los cactus y las historias que te cuentan y la energía que tenés seguis caminando, con alguna botella de agua y un sombrero o sin sombrero pero mojandote la cabeza cada tanto.
(Quiero estar inspirada para necesitar escribir y entonces, escribir)
A mi me gusta la lluvia. Antes era como una enamorada del sol, me cautivaba su color, su intensidad, su "poder", el sol está por encima de todo, es como si nos controlara, con la diferencia de que no tiene consciencia ni voluntad ni nada de eso, es como una bomba que tiene poder pero porque otro se lo otorga... ¿quien le habrá dado el poder al sol? bueno no sé, pero antes me gustaba y ahora casi casi casi que lo odio y amo la lluvia. Es tan sana, tan, espontanea, tan no sé... es como el silencio con el que soñás después de caminar todo el día por el centro.
(Quiero tener energías para necesitar descargarla y entonces ponerme a cantar como loca en mi habitación)
Lo que me gusta del arte, es que no es real. Eso, que es la otra cara de la realidad. Por eso no podía hacer del arte mi realidad. Yo necesito al arte para escaparme de la realidad, no para vivirla. Me gusta cuando leo un libro y navego por historias ajenas como si fueran mías, o cuando actúo y me creo que soy ese personaje que se parece tan poco a mí que ya no puedo reconocerme. O me gusta la música, porque viajo tan lejos, que cuando vuelvo duele, cuando vuelvo me parece haber aterrizado en un lugar extranjero. El arte es lo mejor que puede hacer el hombre, en eso, soy la persona más pesimista del mundo... O no tanto, por que el arte es casi utópico, es magia.
(Momento en el que estás a punto de seleccionar todo lo que escribiste con el mouse que no es mouse porque en realidad estás en una notebook y borrar todo. Pero no lo haces poruqe ya lo hiciste tres veces anteriores y repetirlo significaría aceptar que hoy no es un día para escribir. Mejor me callo, estoy diciendo  redundancias)

miércoles, 1 de febrero de 2012

Cuando escribo no soy yo, es otra yo. Una que está atrás de mi yo visible, sería como un clon, o un doble que hace las escenas riesgosas. Bah, no sé bien, porque el cuerpo lo pongo yo, es decir la yo que se ve, pero el alma... eso se lo deja a la otra. Y cuando escribo, pongo justamente eso: el alma. Es como si saliera de mí una voz que hasta a mi misma me resulta ajena, la miro con un signo de interrogación dibujado en los pensamientos, me quedo bastante asombrada. Dice cosas que ni yo sabía que quería decir, confiesa hechos que no tenía idea que existían. Ahora por ejemplo, es una excepción, porque cuando reflexiono sobre algo, siempre habla mi yo externa, pero cuando escribo instintivamente, sin poner mucho la cabeza y dejando fluir ese líquido de...¿verdades?, habla la yo "interior" (qué?) la yo inconsciente, pasional, libre y blabla. 
(Viste que hoy es uno de esos días en que llueve piedras, te tomás tés de vainilla, abrís cuevana, aunque no es mi caso, y cuando mirás la hora ya cantan los pajaritos.. Hoy es uno de esos días en que prendería un sahumerio, pero no tengo energía para salir de la cama... me encantaría taparme con el acolchado de plumas pero hace calor, odio el calor. Me gusta el invierno, las hojas que se caen, o ya están por ahí desmayadas en las veredas, el frío que te hace usar bufandas, gorros, camperas y borcegos... el acolchado de plumas, los cafés que te ponen arriba para leerte los cuarentaycuatromilnovecientossesentaysiete textos de la facultad, y los mates mientras discutis política o te resumis los cuarentaycuatromilnovecientossesentaysiete textos que ya leiste. Mi vida basicamente se trata de infusiones, y por eso odio el verano, porque tomarme algo caliente con cuarenta grados me suena hasta hipócrita)