domingo, 24 de febrero de 2013
Mirar para arriba tanto tiempo es perjudicial para la salud, escuché por ahí. Y sí, ¿como no va a serlo? Si te agujeréa el cuerpo y te rompe en dos. Yo conozco mucho de esos cuentos, de esos relatos en los que las criaturas del bosque y del desierto viven para idealizar el cielo y mirarlo sin parar todos los días del mundo. Sé trata de dos planetas escindidos en donde las sombras y las luces están tan divididas que ni si quiera se conocen entre sí. Yo conozco de esas tardes de sol y también de las tardes de lluvia en las que tanto la oscuridad como la luz parecen ser lo más profundo y conmovedor, lo inalcanzable. Yo conozco a esos humanos que están tan enterrados que lo único que pueden ver son las golondinas y las gaviotas y las águilas cortando el aire, llenas de vida y de memorias. Y que sueñan cada noche con estar allá arriba, donde está lo verdadero, donde se vive. Pero no son ni mariposas ni luciérnagas y se hunden cada día más, desdoblando su existencia, fragmentandola. Yo conozco de esos mitos en los que todos los sueños quedan amarrados al cielo y todos los hechos reales quedan sepultados en el suelo. Son bichos que sueñan con vivir entre rayos de luz y gotas de agua, y movimientos y libertades y transformaciones, pero lamentablemente viven entre hormigas, sin poder moverse, tratando de dejar alguna huella, de que alguien alguna vez sepa que están ahí, respirando.
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