lunes, 25 de febrero de 2013


Del otro lado de la luna hay un universo que no tiene luz. Lo construyeron para que todos puedan ir a llorar. Es una especie de deserto. No tiene nada. Ni aire. Una va, se sienta en el vacío y escupe muchas emociones. Escribe cuentos con las historias más terribles y compone canciones con sombras y fantasmas. Pinta paisajes que probablemente no se parezcan en nada a la realidad. Paisajes de colores oscuros y rostros desfigurados, maltratados por la vida. Paisajes con tormentas que nunca paran, con soles quemados y mariposas muertas. En ese lugar, respirar duele. Y moverse produce una especie de desmayo, de desfallecimiento instantáneo. Todo es catastrófico. Se parece a una guerra entre silencios, a una batalla de vida o muerte, pero interpretada por mounstros. Los que alguna vez fueron, los que alguna vez se perdieron en esos laberintos, dicen que vivir ahí es tan insoportable que uno termina deseando la muerte. Porque se condensan las tragedias de toda la humanidad, las desgracias más desgarradoras. La piel se desintegra, porque todo quema. Ni el sol con su capacidad de incendiar el aire, ni las lluvias más violentas, podrían destruir y aniquilar con tanta intensidad como ese lugar.
La mayoría de sus habitantes fueron por curiosidad, por su profunda atracción hacia lo oscuro y lo místico, por su aburrimiento o por su inhabilidad para vivir en el mundo corriente. Pero nunca más salieron. Nunca más volvieron. Están atrapados en esas redes, están flotando entre poemas de poetas muertos, entre figuras sin luz, entre  aguas estancadas. En el universo de las sombras no hay tiempo. Todo es eterno. Y por eso nada de lo que empieza termina. Las cosas son para siempre. El dolor es inmune a cualquier movimiento. Porque no hay movimientos. Nunca. Todo es estático, inmutable. Lo único que se mueve, lo único que nunca deja de fluir, son los pensamientos. Lo único que podemos hacer acá es pensar y sentir. Estamos quietos, atados de pies y manos, condenados. Pero lo que verdaderamente nos mata, lo que verdaderamente nos condena, es que nuestras cabezas estén vivas. Mientras los cuerpos se mueren y se diluyen en nada, seguimos experimentando las sensaciones más contradictorias y conmovedoras que un ser humano puede conocer. Estamos vivos y es eso, lo que convierte este lugar en el infierno 

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