Estamos
debajo de la tierra, donde ya no queda vida. Estamos escondidos donde no llega
la luz, ni la libertad. En ese hueco sin aire y sin color. Te veo parpadear, te
veo escupir mariposas y perseguir fantasmas. Estás asustado, te tiemblan los
ojos y las manos y en lo único que pienso es en como devoraría tus miedos para
convertirlos en estrellas y carnavales. Transformaría tus penas en sauces, en
soles, en pétalos despiertos. Me hundiría en lo más profundo de los mares y
enterraría a todos los demonios y a todas las luciérnagas. Somos muñecos
partidos en mil pedazos, con tinieblas atravesando los muros, con mounstros
tocando la puerta. Ellos viven en nuestros cuerpos todos los días, pero solo se
despiertan cuando llueve, cuando sale el sol y cuando no pasa nada. Laten y
gritan y murmuran y se callan. Se esconden, aparecen, te arrancan los recuerdos
y te dejan desmayado. Una vez, mientras brillaba el mundo, me animé a
hablarles. Les pedí que se fueran, que corrieran hacia el sur y borraran todas
las marcas. No me hicieron caso. Volvieron a nacer, se multiplicaron, quemaron
la tierra, vaciaron los ríos y se robaron el sol. Sin pedir permiso, sin sentir
culpa, sin perder las fuerzas. Matan a la humanidad todos los días, se burlan,
se ríen. Sueltan carcajadas oscuras, pintan lunas de cólera y violencia. Te
miran a los ojos, te cuentan historias de terror, te revelan secretos mudos y
después desaparecen. El mundo las reabsorbe, las guarda por un rato, los hace dormir.
Hasta que un día suena de nuevo la música, se escuchan los dolores, se ven las
heridas, y entonces despiertan. Te atacan, te envuelven, te congelan. Y así es
como permanecés: congelado, en un movimiento que no empieza nunca, contando
números que nadie conoce y esperando a que algún día, un rayo de luz te saque
del laberinto invisible. Te rescate, te preste un color y te deje respirar por
última vez.
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