Ellas
hablan todas juntas y se ríen y no se miran. En realidad lo que miran es el
reflejo que ven de sí mismas. Buscan en otros ojos, en otras caras. Esperan
encontrarse en los comentarios, en los gestos de las demás. No escuchan, no
saben de que se trata todo eso, no tienen idea de que están hablando. No sé dan
cuenta que en realidad, están viviendo. Brillan, esperan brillar y muestran su
esplendor, enumeran sus habilidades, se creen estrellas, soles, universos
completos. Intentan atraer con sus uñas fluor y sus jeans rotos. Muestran,
exponen, sus historias interesantes únicas envidiables y esperan a ver la
reacción de las otras espectadoras. Actúan obras de libretos ya estrenadas, ya
ensayadas, ya interpretadas, y no dejan de mirar al público ni por un momento
por que es para ellos que encarnan los papeles. Son rebeldes y extrañas y poco
convencionales y desconcertantes. O aspiran a serlo. Comen chicles y miran sus blackberrys
todo el tiempo para no perderse de su próxima mención en twitter. Se ríen sin
saber de que se están riendo, y exageran las expresiones para que toda la
escena, por más simple y cotidiana que sea, parezca digna de admirar por
cualquiera que les pase por al lado. Buscan a otros para contarles con sus
cuerpos y sus palabras lo emocionante que es la vida cuando uno es como ellas.
Y a veces lloran en secreto –pero muy en secreto. Porque de repente piensan que
no están seguras de que es lo que son, lo que quieren, lo que sueñan. Porque
viven para mostrarle a los espejos su belleza y para encontrar un lugar en el
hostil y atractivo mundo actual. No se conocen y no se quieren conocer, pero
juntas son las imparables y competitivas adolescentes que dedican toda su
energía a llegar a ser la persona más normal y la más anormal del planeta. Porque
todavía no saben bien en cual de los dos roles se sienten más cómodas. Pero no
importa que pase en sus vidas, cuan magnifico sea lo que suceda, mientras
cuenten con la capacidad de convertir cualquier hecho en una anécdota
irrepetible. Juegan todos los días la misma carrera. Y todos los días ganan. Y
todos los días pierden.
jueves, 28 de febrero de 2013
lunes, 25 de febrero de 2013
Del otro lado de la luna hay un universo que no
tiene luz. Lo construyeron para que todos puedan ir a llorar. Es una especie de
deserto. No tiene nada. Ni aire. Una va, se sienta en el vacío y escupe muchas
emociones. Escribe cuentos con las historias más terribles y compone canciones
con sombras y fantasmas. Pinta paisajes que probablemente no se parezcan en
nada a la realidad. Paisajes de colores oscuros y rostros desfigurados,
maltratados por la vida. Paisajes con tormentas que nunca paran, con soles quemados
y mariposas muertas. En ese lugar, respirar duele. Y moverse produce una
especie de desmayo, de desfallecimiento instantáneo. Todo es catastrófico. Se
parece a una guerra entre silencios, a una batalla de vida o muerte, pero
interpretada por mounstros. Los que alguna vez fueron, los que alguna vez se
perdieron en esos laberintos, dicen que vivir ahí es tan insoportable que uno
termina deseando la muerte. Porque se condensan las tragedias de toda la
humanidad, las desgracias más desgarradoras. La piel se desintegra, porque todo
quema. Ni el sol con su capacidad de incendiar el aire, ni las lluvias más
violentas, podrían destruir y aniquilar con tanta intensidad como ese lugar.
La mayoría de sus habitantes fueron por curiosidad,
por su profunda atracción hacia lo oscuro y lo místico, por su aburrimiento o
por su inhabilidad para vivir en el mundo corriente. Pero nunca más salieron.
Nunca más volvieron. Están atrapados en esas redes, están flotando entre poemas
de poetas muertos, entre figuras sin luz, entre aguas estancadas. En el universo de las
sombras no hay tiempo. Todo es eterno. Y por eso nada de lo que empieza
termina. Las cosas son para siempre. El dolor es inmune a cualquier movimiento.
Porque no hay movimientos. Nunca. Todo es estático, inmutable. Lo único que se
mueve, lo único que nunca deja de fluir, son los pensamientos. Lo único que
podemos hacer acá es pensar y sentir. Estamos quietos, atados de pies y manos,
condenados. Pero lo que verdaderamente nos mata, lo que verdaderamente nos
condena, es que nuestras cabezas estén vivas. Mientras los cuerpos se mueren y
se diluyen en nada, seguimos experimentando las sensaciones más contradictorias
y conmovedoras que un ser humano puede conocer. Estamos vivos y es eso, lo que
convierte este lugar en el infierno
fantasmas de la luz
Estamos
debajo de la tierra, donde ya no queda vida. Estamos escondidos donde no llega
la luz, ni la libertad. En ese hueco sin aire y sin color. Te veo parpadear, te
veo escupir mariposas y perseguir fantasmas. Estás asustado, te tiemblan los
ojos y las manos y en lo único que pienso es en como devoraría tus miedos para
convertirlos en estrellas y carnavales. Transformaría tus penas en sauces, en
soles, en pétalos despiertos. Me hundiría en lo más profundo de los mares y
enterraría a todos los demonios y a todas las luciérnagas. Somos muñecos
partidos en mil pedazos, con tinieblas atravesando los muros, con mounstros
tocando la puerta. Ellos viven en nuestros cuerpos todos los días, pero solo se
despiertan cuando llueve, cuando sale el sol y cuando no pasa nada. Laten y
gritan y murmuran y se callan. Se esconden, aparecen, te arrancan los recuerdos
y te dejan desmayado. Una vez, mientras brillaba el mundo, me animé a
hablarles. Les pedí que se fueran, que corrieran hacia el sur y borraran todas
las marcas. No me hicieron caso. Volvieron a nacer, se multiplicaron, quemaron
la tierra, vaciaron los ríos y se robaron el sol. Sin pedir permiso, sin sentir
culpa, sin perder las fuerzas. Matan a la humanidad todos los días, se burlan,
se ríen. Sueltan carcajadas oscuras, pintan lunas de cólera y violencia. Te
miran a los ojos, te cuentan historias de terror, te revelan secretos mudos y
después desaparecen. El mundo las reabsorbe, las guarda por un rato, los hace dormir.
Hasta que un día suena de nuevo la música, se escuchan los dolores, se ven las
heridas, y entonces despiertan. Te atacan, te envuelven, te congelan. Y así es
como permanecés: congelado, en un movimiento que no empieza nunca, contando
números que nadie conoce y esperando a que algún día, un rayo de luz te saque
del laberinto invisible. Te rescate, te preste un color y te deje respirar por
última vez.
domingo, 24 de febrero de 2013
a veces reflexiono
y llego a la conclusión de que
me tengo que dejar de joder
con querer ser lo que no soy
es irreversible
ya está
soy una neurótica soñadora
muerta de miedo que lo único
que puede hacer bien
es escribir
asique mejor
dedicarme a escribir
la mejor novela del mundo
que estar intentando
vivir una vida normal.
Mirar para arriba tanto tiempo es perjudicial para la salud, escuché por ahí. Y sí, ¿como no va a serlo? Si te agujeréa el cuerpo y te rompe en dos. Yo conozco mucho de esos cuentos, de esos relatos en los que las criaturas del bosque y del desierto viven para idealizar el cielo y mirarlo sin parar todos los días del mundo. Sé trata de dos planetas escindidos en donde las sombras y las luces están tan divididas que ni si quiera se conocen entre sí. Yo conozco de esas tardes de sol y también de las tardes de lluvia en las que tanto la oscuridad como la luz parecen ser lo más profundo y conmovedor, lo inalcanzable. Yo conozco a esos humanos que están tan enterrados que lo único que pueden ver son las golondinas y las gaviotas y las águilas cortando el aire, llenas de vida y de memorias. Y que sueñan cada noche con estar allá arriba, donde está lo verdadero, donde se vive. Pero no son ni mariposas ni luciérnagas y se hunden cada día más, desdoblando su existencia, fragmentandola. Yo conozco de esos mitos en los que todos los sueños quedan amarrados al cielo y todos los hechos reales quedan sepultados en el suelo. Son bichos que sueñan con vivir entre rayos de luz y gotas de agua, y movimientos y libertades y transformaciones, pero lamentablemente viven entre hormigas, sin poder moverse, tratando de dejar alguna huella, de que alguien alguna vez sepa que están ahí, respirando.
en los sueños todo parece tan fácil
y fluido y espontaneo
casi automático
pero la realidad es la otra cara
de esos escenarios
y entonces todo duele
y te desgarra
y te limita
y te desborda
y nunca termina de ocurrir nada.
y fluido y espontaneo
casi automático
pero la realidad es la otra cara
de esos escenarios
y entonces todo duele
y te desgarra
y te limita
y te desborda
y nunca termina de ocurrir nada.
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