Voracidad. De la insaciable, la que se tragaría el mundo entero
en un solo movimiento. La que incendiaría el mar con su violencia, la que
agujerearía la tierra con su impulsividad. Voracidad que de no satisfacerse, de
no corresponderse con lo que la realidad puediera brindarle, se conviertiría en
piedra. Piedra pesada, maciza, impenetrable, tan violenta y necia como la
voracidad misma. Voracidad – quietud vuelta
roca fría furiosa estancada. Voracidad – piedra acantilado, piedra del fondo del pozo de tu jardín.
Y no es que no me gusten las piedras. En realidad, me fascinan las piedras,
colecciono piedras. Pero no adentro mío ¡No quiero piedras adentro mío! Quiero vomitarlas
todas, tirártelas por la cara, romper algunos vidrios y que al sol le duela el
golpe y que mi cuerpo vuelva a ser el liviano, el ligero, el espontaneo. Yo
quiero, deshacerme de esta bola de fuego de mármol de metal que me pesa y me
arrastra y me hunde y me ata y me encadena. Te la regalo, te la presto, te la
entrego con amor… ¡No, no! te la entrego
con odio con ira con desesperación ansiedad y más voracidad. Y no, no
quiero escribir poemas sobre esto, pero ya lo estoy haciendo. Y no ¿de que
sirve la catarsis? Y no, esta vez no necesito crear arte, necesito escupirte mi
deseo.
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