lunes, 6 de enero de 2014

voracidad

Voracidad. De la insaciable, la que se tragaría el mundo entero en un solo movimiento. La que incendiaría el mar con su violencia, la que agujerearía la tierra con su impulsividad. Voracidad que de no satisfacerse, de no corresponderse con lo que la realidad puediera brindarle, se conviertiría en piedra. Piedra pesada, maciza, impenetrable, tan violenta y necia como la voracidad misma.  Voracidad – quietud vuelta roca fría furiosa estancada. Voracidad – piedra acantilado, piedra del fondo del pozo de tu jardín. Y no es que no me gusten las piedras. En realidad, me fascinan las piedras, colecciono piedras. Pero no adentro mío ¡No  quiero piedras adentro mío! Quiero vomitarlas todas, tirártelas por la cara, romper algunos vidrios y que al sol le duela el golpe y que mi cuerpo vuelva a ser el liviano, el ligero, el espontaneo. Yo quiero, deshacerme de esta bola de fuego de mármol de metal que me pesa y me arrastra y me hunde y me ata y me encadena. Te la regalo, te la presto, te la entrego con amor… ¡No, no! te la entrego con odio con ira con desesperación ansiedad y más voracidad. Y no, no quiero escribir poemas sobre esto, pero ya lo estoy haciendo. Y no ¿de que sirve la catarsis? Y no, esta vez no necesito crear arte, necesito escupirte mi deseo. 

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