miércoles, 6 de noviembre de 2013

Catarsis. Purificación del alma, del cuerpo. Palabra que libera la intensidad y la convierte en creación. Relato de la historia propia, del mito de cada si-mismo, cuento lleno de hechizos y fantasmas que atraviesa los muros de la existencia individual. Palabra transformadora, que sana, que impacta, que choca con ese otros que escucha y vuelve al lugar de donde partió siendo una otra, una nueva. Lo viejo, se aleja, se limpia, se ¿actualiza? en un sin fin de letras y sensaciones y miradas y palpitaciones que dan lugar a lo que quiere aparecer, a lo que comienza a asomar con su luz, con sus aires de renovacion. Libertad, para ser, enteramente, plenitud llena de códigos compartidos e inconscientes y racionales e instintivos, todo junto, siendo, estando ahi. Presente, sostenido inquebrantable, aqui y ahora en cada instante, prologando, hasta el final. Hasta la catarsis última. La que atraviesa el aire, la que cruza la piel, la que deja una huella. La huella de ese acontecer tan profundamente humano y alquimico. La marca de un estar siendo todos al mismo tiempo, de estar latiendo al ritmo del mismo golpe. La catarsis-emoción. La que surge del decir genuino y auténtico, la que toca los decires de todas las humanidades. Por ser la misma. Catarsis sombra-luz. Juventud radiante, vejez sabia y paciente. Catarsis hombre-mujer, ambos firmes, ambos sensibles. Ambos intensos profundos amorosos guerreros. Catarsis de la guerra interna, del sol personal. El que todos tenemos, en algún rincon, esperando salir. Catarsis, la del brillo que no se extingue, la del hambre voraz que no se colma. Catarsis frenética apasionada arrasadora. Catarsis del corazón fiel, de la lealtad más incondicional. Catarsis del propio existir fluido fugaz latente vivo. Catarsis del agujero del fuego del manantial. Catarsis del despertar universal.

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