En los veranos las cosas se callan. Y hablan otras, las que nunca hablaron. Hay confesiones, preguntas, crisis, florecimientos.
En los veranos hay ríos y atardeceres, soles que se van del cielo, lluvias que pasan dejando olor a invierno. Incluso cuando el calor traspasa los cuerpos.
En los veranos hay carcajadas que no tienen ninguna lógica pero existen continuamente, como una secuencia de delirios y colores sin palabras.
En los veranos hay fuego, hay bosque. Espejos de luz, agua salada y dulce. Hay música de todo los lugares y los ritmos. Y hay historias que se van escribiendo muy de repente, sin tiempo para que uno sepa que las está escribiendo.
Veo tantos matices y siento tantas vueltas, que no puedo ver ninguno. Son flujos que se fugan sin que los llegue a atrapar. Pero llevan adentro tantas guerras y tantas primaveras; tantas locuras y tantos puentes de mar. Son cristales que están a punto de estallar pero que no estallan nunca.
No sé si reírme con todas mis fuerzas o llorar de la forma más trágica que el ser humano puede conocer. Es todo terrible y maravilloso a la vez. La vida me asusta y me fascina con la misma fuerza, y no puedo terminar de decidir sin devorar el mundo o dejar que me devore a mí.
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