Cantás y me partís el cuerpo. Vas recorriendo jardines llenos de miedos, de flores, de estrellas. Se mezclan los silencios, las culpas, las raíces y los ríos. Todo se vuelve el mismo cuento, se transforma en algo que nadie quiere ver. Agarrás una de esos pétalos y sacás canciones, las haces volar y después volvés a sumergirte en lo profundo. No entiendo como es que vivís en tantos mundos a la vez, no entiendo como es que tocas el sol estando enterrado hasta el cuello. Pero lo haces y tu locura me convierte en un sueño deteriorado y fugaz. Soy la otra cara de la libertad, el veneno inyectado en el aire, los vuelos que no supimos tomar.
(Cuando te despertás, soy movimiento. Me activo, nazco, potencio mi vitalidad y te toco el alma. Te arranco los ojos, me los guardo, los decoro, les pongo magia y me miro, para poder verme brillar algún día del verano)
Sos peligroso porque tus alas no me arrastran, me condenan. Te veo atravesando remolinos, peleando batallas, conquistando tierras llenas de luz. Y yo sigo quieta, respirando el aire oxidado que desprendes, asfixiándome de tanto encierro. Las cadenas son tan resistentes como invisibles y por algún motivo no logro romperlas ni siquiera con todas las pasiones del mundo. Vivo encandilada por los truenos, por los rayos, por las lluvias y el mar. Pero no me muevo. Todavía no aprendí a moverme sin sentir que cada paso es la prueba más difícil de mi vida.
(Prestame tus alas por favor, que por un rato me gustaría saber que se siente ser libre, pisar firme, caminar ligero y no mirar alrededor.
Prestame tus alas por favor, que quisiera conocer otros planetas sin tener que imaginármelos.
Prestame tus alas por favor, que si no despego voy a terminar sepultada en donde ya no hay nada más que horror)
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