viernes, 11 de enero de 2013

A veces me doy cuenta que todo es puro ruido. Pura canción que tapa el silencio, el vacío. Niega la nada, niega el hueco sobre el cual se anudan todos los hilos. Cuando se termina la diversión, las charlas, los mates, el baile, la risa, la puteada, los cantitos, las peleas y los desafíos, aparece el monstruo  El monstruo que no duerme nunca, pero que a veces consigno ignorar distrayéndome con sucesos que por su intensidad, tapan el ojo del huracán.  La angustia de estar vivo (la angustia de saber que nos vamos a morir) late con toda su fuerza, todo el tiempo, enredándome en un juego sin palabras, un juego de locura y destrucción. A veces, mientras voy caminando y mientras charlo y mientras nos acompañamos no lo siento. Pero la soledad hace florecer todas las sombras, desentierra las raíces y te muestra lo peor que tiene el mundo. No quiero verme más, no quiero conocer ese dolor, no quiero mirarlo de frente y dejarlo absorberme entera.
Quiero seguir cantando para no escuchar, caminar para que no me atrapen los demonios, bailar para no sentir el vacío en el estómago, y reirme para tapar con ese sonido cualquier voz que me recuerde que hay algo que si tiene un final, y es definitivo. 

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