lunes, 26 de noviembre de 2012

Estoy como si me sobrara algo en el cuerpo, en el alma. Un pequeño puñado de de emociones, deshechos no del todo digeridos, el resto de una intensidad no atravesada. Quizás si vomitara música, una angustia o un júbilo... Diez mares tratando de caber en un río, universos enteros que laten en un solo respiro. Y algo estalla, se rompe y despega. Y otros tantos materiales quedan atorados, bloqueando los suspiros y encerrando algún vacío. Decoran el silencio, envuelven la nada y te parten en dos. 
Acumulaciones de acumulaciones, queriendo llorar un poco o liberar alguna carcajada que desate los nudos y me disuelva en el aire. Tanta dicha no cabe en un cuerpo, o quizás un dolor no cabe en tanta dicha. Y por eso queda flotando sin anudarse a nada, comprimido como un punto de máxima tensión. No ver lo que está palpitando, mezclándose con sangre y azúcar  Pasos (galopes) que quieren atravesar la piel,  salir por los ojos convertidos en lágrimas, por la boca, hechos canción o risa. Quiero tocar ese pedazo de cielo anónimo y ponerle un nombre. Que se puedan pronunciar los silencios, y que los miedos sepan ser palabra. Que advenga algún sonido, alguna imagen, de aquello que sigue tiñendo el escenario de un color que no se distingue, que no aprendió a nacer. 

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