lunes, 5 de noviembre de 2012

A veces me gustaría encerrarme en una burbuja tan reducida que no pudiese entrar ni el aire, ni la respiración de otros, ni la luz. Que las raíces de algún árbol me absorban, y me retengan en esos mundos subterráneos y tan abstraídos de la realidad. A veces quisiera volver a cerrar los ojos y no abrirlos nunca más, no ver, no darme cuenta de toda esa miseria y esa locura. De la catástrofe, la barbarie que rodea a cualquier ser humano y lo habita. Porque está adentro; el egoísmo está adentro. Y no te mata, mientras no lo percibas. A veces quisiera vivir en la casita del árbol de cuando tenías diez años y jugabas a las escondidas; desdibujarme en montes y tierras y vientos de algún norte o algún sur. Diluirme en palabras, y mates, y dibujos. Ser arte, ser naturaleza, ser energía. Y no ver nada, y que se dejen de incendiar las vidas, que se dejen de corromper las ilusiones. Que desaparezcan las sombras, el terror, la sangre, el miedo. El mar es tan tranquilo, pero tan falso. Ojala el mundo fuera así de tranquilo, y uno pudiera vivir así, con esos climas y esos ritmos. Las armonías que nunca llegan, la violencia que jamás desaparece. La locura no termina nunca, y la marea se extiende por todos lados, pintando terrenos cada vez más grandes. Un abismo, un oasis, en medio de tanto calor. Un agujero, en medio de tanta arena. Respirar, encerrarse en un azulejo, y sobrevivir. A veces sobrevivir un poquito y nada más no me vendría nada mal. Pero no sé puede, no sé puede respirar en paz, cuando hay guerras por todos lados.

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