En el medio del silencio, del silencio frío, del silencio-piedra, se escucha un grito de dolor. Tan filoso, tan desgarrado, que parte la tierra. La parte con sus lágrimas llenas de lamentos y golpes, la parte con sus manos congeladas por el frio de la noche, la parte con su cuerpo devastado. Quiebra la inmensidad, quiebra la oscuridad. Y moja el sol con lágrimas pesadas, ya secas, ya vencidas, ya usadas por otros en otro tiempo. Tiempos como los de ahora, tiempos como los que vendrán mañana, cuando el universo vuelva a repetir su historia, su compulsivo y necio devenir, cuando la voracidad retorne, otra vez, hasta arrancar todas las raices, y con ellas, todos los sueños de los hombres. Cuando ya no queden lunas que quiera asomarse a iluminarnos, cuando no haya río que quiera seguir fluyendo, cuando no haya pajaro que soporte seguir cantando, cuando no haya flor que tenga algo de fuerza para salir a la vida. Entonces, quizás en ese tiempo, haya una pausa. Cuando el arte ya no sea suficiente para endulzar la barbarie disfrazada, cuando no haya voz, que pueda vengar a los muertos, cuando la noche sea definitiva e inmortal, quizás, entonces, haya un espejo. Uno destrozado, desterrado, desplomado, que todavía tenga un poquito de luz para reflejarnos.
Cuando el mar ya no pueda seguir moviendosé, cuando el cuerpo no soporte más los golpes y caiga en el vacío, en el vacío que dejamos, entonces, vamos a parar- Porque lo único, que supimos construir, fué el vacío. Y el terror. Terror ante la insoportable posibilidad de que la historia, se repita. otra vez. Y muchas veces más. Hasta que nos traguemos cada particula de vida, hasta que nos traguemos al indestructible, incontrolable y venerable tiempo. Ese día, el día en el que el vacío alcance al tiempo y lo devore, entonces, vamos a haber ganado. Ese día, todos, todos nosotros, vamos a estar compartiendo, finalmente, mismo escenario: la muerte.