lunes, 17 de diciembre de 2012

Me das vuelta por arriba de la cabeza todo el tiempo. Sos un águila negra, ruidosa, molesta, impaciente. Tu dependencia me enferma. ¿No podés volar lejos al menos por un día? Me interpelás por cada paso que doy, como si estuvieras vigilando mis movimientos, examinándolos  desesperada por saber que no me voy, que sigo estando por acá. Pasás de no verme a aturdirme.  (Y ya no quiero moverme, porque sé que a cualquier acción le sigue una pregunta, un reproche, un sonido; forzado, ansioso, avasallante)
Es la historia de los dos extremos que nunca encuentran un equilibrio; el vacío, el agujero donde no está el nombre que debería estar, o el encierro total, tu presencia invadiendo todos mi sentidos y ahogandome) 
No hay libertad en ninguno de los dos escenarios. Hay solamente locura.

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