lunes, 26 de noviembre de 2012

Estoy como si me sobrara algo en el cuerpo, en el alma. Un pequeño puñado de de emociones, deshechos no del todo digeridos, el resto de una intensidad no atravesada. Quizás si vomitara música, una angustia o un júbilo... Diez mares tratando de caber en un río, universos enteros que laten en un solo respiro. Y algo estalla, se rompe y despega. Y otros tantos materiales quedan atorados, bloqueando los suspiros y encerrando algún vacío. Decoran el silencio, envuelven la nada y te parten en dos. 
Acumulaciones de acumulaciones, queriendo llorar un poco o liberar alguna carcajada que desate los nudos y me disuelva en el aire. Tanta dicha no cabe en un cuerpo, o quizás un dolor no cabe en tanta dicha. Y por eso queda flotando sin anudarse a nada, comprimido como un punto de máxima tensión. No ver lo que está palpitando, mezclándose con sangre y azúcar  Pasos (galopes) que quieren atravesar la piel,  salir por los ojos convertidos en lágrimas, por la boca, hechos canción o risa. Quiero tocar ese pedazo de cielo anónimo y ponerle un nombre. Que se puedan pronunciar los silencios, y que los miedos sepan ser palabra. Que advenga algún sonido, alguna imagen, de aquello que sigue tiñendo el escenario de un color que no se distingue, que no aprendió a nacer. 

sábado, 17 de noviembre de 2012

cuando hay vitalidad
y motores para avanzar
y movimiento y
vuelo
las raíces quedan lejos
las profundidades no se ven
y las aguas subterráneas
se me escapan, se me pierden
¿donde esta el dolor que sostenía el arte?
el mundo cada vez es más
parecido a mi mundo
(vivir es la paradoja más grande que conozco
la contradicción hecha mundo,
la tensión a punto de romper
cristales, el nudo sin fin)

lunes, 5 de noviembre de 2012

A veces me gustaría encerrarme en una burbuja tan reducida que no pudiese entrar ni el aire, ni la respiración de otros, ni la luz. Que las raíces de algún árbol me absorban, y me retengan en esos mundos subterráneos y tan abstraídos de la realidad. A veces quisiera volver a cerrar los ojos y no abrirlos nunca más, no ver, no darme cuenta de toda esa miseria y esa locura. De la catástrofe, la barbarie que rodea a cualquier ser humano y lo habita. Porque está adentro; el egoísmo está adentro. Y no te mata, mientras no lo percibas. A veces quisiera vivir en la casita del árbol de cuando tenías diez años y jugabas a las escondidas; desdibujarme en montes y tierras y vientos de algún norte o algún sur. Diluirme en palabras, y mates, y dibujos. Ser arte, ser naturaleza, ser energía. Y no ver nada, y que se dejen de incendiar las vidas, que se dejen de corromper las ilusiones. Que desaparezcan las sombras, el terror, la sangre, el miedo. El mar es tan tranquilo, pero tan falso. Ojala el mundo fuera así de tranquilo, y uno pudiera vivir así, con esos climas y esos ritmos. Las armonías que nunca llegan, la violencia que jamás desaparece. La locura no termina nunca, y la marea se extiende por todos lados, pintando terrenos cada vez más grandes. Un abismo, un oasis, en medio de tanto calor. Un agujero, en medio de tanta arena. Respirar, encerrarse en un azulejo, y sobrevivir. A veces sobrevivir un poquito y nada más no me vendría nada mal. Pero no sé puede, no sé puede respirar en paz, cuando hay guerras por todos lados.