martes, 24 de julio de 2012


(...) Quizas era la sensación de inmensidad. Es una inmensidad tan plena, tan vasta, tan sin fin que dan ganas de salir corriendo, de tragarse las plantas, colonizar los soles y los vientos, revolcarse en el aire cálido y desarmarse en ese paisaje. Esa es la sensación que siempre me provocó la vida; ganas, deseo, necesidad de habitarla en todas sus aristas. Lo paradójico es que esa sensación de vitalidad y entusiasmo es solo una cara de mi historia. La otra cara es la no-libertad, la inmovilidad, las sombras, el encierro, la locura. La no-existencia. Soy invisible. Tanta inmensidad me vuelve invisible, inhumana. Desaparezco,  me borro hasta desintegrarme. Quiero invadir el mundo y solo logro que el mundo me aplaste, me segregue, me ignore. El mundo me ignora, y ese es el dolor más grande que alguna vez sentí. Si hiciera una recopilación de relatos de los que formé parte, en todos se repite la misma estructura; un proceso de invisibilizacion. Como si fuera desdibujándome a medida que pasa el tiempo, mezclándome con los objetos, los muebles, los aromas pasajeros, el aire frío y el café que dura un sorbo. Soy ese intento constante por querer irrumpir en los munditos maravillosos de todos los que no son yo. Vivo afuera de mi, como desdoblada, como partida al medio; la profunda, bella, intensa y descontrolada, la salvaje, la poeta, la alquímica, la magnética. Y del otro lado del río, la transparente, desconocida, inaccesible y apagada, la cobarde, la silenciosa, la neutral, la impenetrable. ¿Cómo dejar de ser dos? Hay abismos tan grandes que termino saltando de un lado a otro. Pero lo terrible es que solo puedo ser la profunda a solas, con mis libros y mis cuentos, con mis canciones y mis ideas filosóficas incomunicables.  Cuando se traspasan ciertos espejos, se borran (se bloquean) muchas posibilidades.
Asique mi único problema es ese: existir. 

viernes, 13 de julio de 2012

Hay una carcel más violenta que las que están hechas de barrotes de hierro.  Más impenetrable,  más autoritaria, más fría. Es el silencio. Soberbio, fuerte, invencible.
Y cuando estás sometido a existencias ajenas,
cuando tu energía se activa en otro,
cuando solo aprendiste a construir relaciones impregnadas de tensión,
de poder, de ira, de reproches, de injusticias y fracasos
cuando llorar no es una opción, y los gritos nacen antes que el dolor
cuando no hay ese tiempo para... ¿para que?
para querer, para querer un poco esta vida.
que es terrible, pero también es hermosa.
te necesito
si, tenés tanto poder
y todos tienen tanto poder sobre mi
y yo quiero tener tanto poder sobre los demás
que es todo una mierda
donde no hay ilusión,
donde no hay nada, más que furia
volcanes de violencia, reacciones
te necesito, te necesito, te necesito.

lunes, 9 de julio de 2012


Los campos estaban cada vez más gastados; maltratados por el tiempo, violentados por el sol. Algunas noches, las almas de las huertas volvían al escenario y encarnaban papeles extraños, antiguos, duales. Eran el bien y el mal, que se perseguían entre sí para devorarse, para nutrirse de lo opuesto, de lo ausente. Jugaban juegos oscuros, buscando un contacto vital, un pulso en común. Se tragaban los miedos y crecían en direcciones contrarias, se acercaban, se alejaban, se veían. Si, siempre se veían, con ojos deseantes, con manos acartonadas. La luna seguía observándolos desde abajo, desde las raíces, se mezclaba con las aguas subterráneas, se deshacía y volvía a renacer en algunos segundos. Recomenzaban las guerras, desaparecían las primaveras. Los inviernos llevaban el sello de la eternidad, y los gritos se hundían, se fundían entre sí, como narrando un cuento de terror. Cantaba el sol apagándose de a poco, quedándose sin color, sin fuerza, sin poder. Se deshacía sin respirar, sin moverse, se desvanecía. Y también se desdibujaban los acontecimientos, no se entendían, eran ambiguos, violentos, veloces y frenéticos. Buscaba estabilidad, el jacarandá buscaba estabilidad. Pero solo veía colores tiñéndose entre sí, explosiones de luz, sombras, más sombras, relámpagos y algún huracán que se tragaba las flores. Era una existencia ambivalente, una pausa sin final.
Y en un momento terminó todo. Y solo quedaba el silencio, que congela los días, que te arranca las horas, te elimina, te anula, te desaparece y te mata. De forma instantánea, impredecible, te suprime. Y ya no hay mapas tampoco, solo hay líneas, y puntos y mares con soles y tierras sin nombre. Rutas abandonadas, caminos a medio andar, puentes que se caen y se disuelven en lagos negros o plateados, en mares rojos, en estrellas fugaces que se prenden en medio de la inmensidad. Es el final, de los tiempos, del tiempo como unidad, de la vida, de las historias. Es el final de la humanidad y del hombre. Se mueren todos. Se van. No, no se van, no se mueren, se desintegran. Y no queda nada, solo energía. Tanta energía que explota el espacio, sin parar. Vuelve a explotar. Se contamina, se regenera, muere, nace de nuevo y vuelve a estallar. Son implosiones continuas, ritmos ininterrumpidos con girasoles decorando el final. Un bigbang invertido, una dilatación colonial. 

domingo, 8 de julio de 2012

¿De que material tendría que estar hecha para estar siempre presente?
¿Para no desaparecer, desaparecerme, que me desaparezcan?
Soy tan volátil, me esfumo. 
Me desdibujo como si estuviera hecha con crayones, o con tizas.
De esas que pasando la mano empiezan a borrarse.
Y ya no estoy, y me perdí. En la distancia, veo los paisajes de los que formaba parte; soy la espectadora de mis propios escenarios, la lectora de mis propios cuentos.
No entiendo de teorías, de maneras, de métodos y técnicas... Pero entiendo de sensaciones y fracasos; de derrotas continuas y primaveras artificiales. Una vez entendí que no se puede estar siempre brillando, y sin embargo veo luces que nunca se apagan. Me pregunto cuanto de esa imagen es real, cuanto se conserva por dentro, traspasando las capas lustradas.  Me acuerdo de una imagen fuerte, de las que condensan relatos y emociones perturbadoras. Una montaña, enorme. La naturaleza encendida, viva, respirando. La inmensidad, la infinitud, el cielo, el verde, la vida. Y el silencio. Es un silencio tan pero tan escandaloso, con tantas voces contenidas y tantos discursos superpuestos que me marea. Me asusta, y hasta diría que me acosa un poco, como ahogándome. Me asfixia. Pero detrás de ese silencio hay una sola cosa; la soledad. Esa soledad que aparece cuando el mundo gira con vos sentada en otro planeta. Un silencio tan inesperado y tan violento, que aparece incluso entre la multitud, entre parlantes y música, en las fiestas más alborotadas, en las caminatas multitudinarias y entre el descontrol y el desastre. Aparece sin avisos, y lo anula todo. No queda nada. Solo el silencio. Y no es precisamente paz, calma. No es un descanso, no es una pausa. Es el mundo entero sobre uno, es el ojo del huracán, el volcán desbordante.  La soledad que borra, que me borra. ¿donde estoy? y ya no sé si estar es la palabra indicada, si preguntar en donde o si empezar preguntándome ¿estoy?. Siempre se trata de eso, de intervenir, de seguir existiendo, de no desaparecer. Necesito fusionarme para ser, como si siempre fuera la otra parte de algo. O como si siempre hubiese existido la otra parte de mi.
Mirame, ¿me ves? necesito que me veas. ¿Me ves? Quiero prender algunas bengalas, gritar unas cuantas cosas y salir corriendo. Partir tu respiración,  incendiar la escena y volar. O quedarme, hasta estar segura de estar viva. De seguir estando. De existir.