domingo, 6 de mayo de 2012
Yo me bajo de este tren. Yo no sigo, yo cristalizo un poco el tiempo del reloj de los planetas y aprovecho para dejar de estar. Yo me desvío, me pierdo en un andén que no se mueve. Y no me muevo, no me muevo más en esa dirección. Vos seguís, viajas tan lejos, que me siento un poco muda, un poco quieta, un poco congelada en los cambios. Si subo y me bajo todo el tiempo, no llego a ningún lugar, ya no entiendo de velocidad, de sensaciones intensas, de ir lejos, de avanzar. Las vidas entrelazadas siguen caminando, o siendo caminadas por las ruedas de un ferrocarril que nunca se detiene. Y pierdo tanto tiempo decidiendo, que vivo de andenes y bancos de plaza vacíos. De caminatas en vías abandonadas, de escaleras que suben y bajan pero no aprendieron a hacer otra cosa. Yo no irrumpo en tu vagón, yo no me quedo en ese asiento. Yo camino y vuelo, para después volver a caminar. Yo me bajo de este trén, su recorrido no me pertenece. También me bajo del otro tren, y del que sigue. Me voy de todos lados, estoy en todos lados. Te presto una reflexión, te robo alguna risa medio encubridora, te contagio con esas lágrimas de historias contenidas, y después me voy. Vos me encontrás cuando ya no estoy mirándote, y te vuelvo a ver cuando ya no estás. Te pido perdón, no escucho tu respuesta. Me contás un secreto y lo guardo hasta el punto de no nombrártelo ni a vos. Yo me mimetizo con los vagones azules, y también con los rojos. Me sensibiliza el paisaje de gaviotas instintivas, me apasiona la quietud de la noche nevada, y me pierdo entre las luces de esa droga multicolor. Yo estoy al mismo tiempo en todos lados, y a veces, no estoy en ninguno. Yo quiero subirme a todos los trenes. Yo quiero subirme a algún tren.
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