domingo, 12 de mayo de 2013




Si alguna vez, alguien se animara a cruzar las fronteras, a atravesar los jardines que brillan y florecen, se encontraría con agujeros y mounstros. Las tierras devastadas, los pantanos y las sombras, suelen estar rodeadas de flores y soles, de aires primaverales. A simple vista, en la distancia e incluso estando muy cerca, lo único que puede percibirse es un terreno plagado de cristales y estrellas, de rosas y orquídeas, de vientos livianos y paisajes armónicos. Se escuchan melodías dulces y voces sutiles, claras, angelicales. Se ven destellos, corrientes de aire que viajan persiguiendo luciérnagas, mariposas.         Podría tratarse de un cuento de hadas que se congela en ese momento inicial en el que todo está equilibrado. Cada pieza ocupa su lugar, configurando una escena impecable, artesanal, inalterable. Instante homogéneo, donde todo fluye y se deshace en un punto único. Ilusiones latiendo, volviéndose reales, posibles. Retrato de una utopía inhumana que se burla de los límites de la imaginación.
Pero tan pronto como se traspasa ese campo celestial, tan pronto como se deja atrás la luz, la claridad y el orden, aparecen las miradas hirientes, crueles, oscuras. Miradas que aniquilan cualquier atisbo de armonía, de belleza, de union. Las miradasdel fondo del jardín solamente rompen, quiebran, destruyen y fragmentan. Están hechas de juicios, de reproches, de amenazas y demandas. De deseos voraces y exigencias insensatas. Son fantasmas agrupados, esperando cualquier oportunidad para salir y arrasar con todo lo que haya alrededor. Son vacíos, fracasos, heridas que nunca se cierran y que arden y queman. Son susurros que no se entienden, imprecisos, confusos. Son también gritos desgarradores que aturden. Fuego que avanza en todas las direcciones, extendiéndose hacia cualquier punto y tiñendo cada paisaje de una tonalidad oscura y nostálgica. Tiene la fuerza necesaria para atravesar y derrumbar paredes, para mezclarse con las melodías ármonicas y las flores poéticas. Pero eso, nunca sucede. El jardin de rosas sigue cubriendo, envolviendo, disfrazando, el bosque sombrío. Las luces tapan, ocultan los incendios, que terminan existiendo siempre en un mismo lugar, repitiéndose sin transformarse en nada. Los mundos aparecen siempre separados por muros invisibles, por reglas que no tienen palabras, que no pueden enunciarse. Son dos extremos que no saben mirarse a los ojos, que nunca se vieron la cara.