Antes vivíamos en la era sensorial. Ahora ya no. Antes el olor a café era mi abuelo revolviendo y revolviendo para que tomemos algo toda la familia; antes el olor a fósforo era una vela que iluminaba mi patio cuando había un corte de luz. Y el olor a pintalabios era mi abuela cuando venía a comer los domingos, o mi mamá arreglándose para salir. Antes un fuego en el cielo era ese globo que intentabas hacer volar en navidad; cuando brindábamos todos, cuando mi otra abuela hacía pizzas que te llenaban el alma. Era cuando nos disfrazábamos para ir al carnaval, y existían las guerras de espuma; cuando bailábamos coreografías en patios bañados de sol, de aires veraniegos. En el mundo viejo había música que sonaba cuando se hacían fiestas en el jardín, y música era eso, solo eso, fiestas en mi jardín, gente dando vueltas, botellas con alcohol. Respíro y la piel se transforma, como mis ojos, como mis oídos, como cada parte de mi cuerpo. Que se entrega al viaje, al ayer, a la historia. Y lo que conservo de esa historia no es nada concreto, es pedazos. Es todo fragmentado, dividido, pero tan intenso que conmociona el mundo, como un rayo que cae sobre la tierra. Es una historia recortada, con destellos de olores y sonidos y paisajes y visiones. Un mito hecho de sensaciones perfumadas, decoradas, idealizadas. Un paseo en bicicleta, del que solo recuerdo la velocidad, la vuelta manzana, tocar los timbres y seguir avanzando. Los apagones, y nosotros comiendo sanguchitos en la oscuridad, con ganas de llorar porque son momentos tan epifánicos que uno se entera de que son irrecuperables. Se da cuenta, y se quiere morir. Uno se pone a llorar. Y la pelopincho en el patio, el turrón de año nuevo (en realidad, año viejo), los fuegos artificiales, y Manuelita, la tortuga que me trajo mi abuelo cuando era chica, la tortuga que caminaba por la ciudad. El tren, vamos a la estación a ver pasar el tren. O escuchar la bocina, porque en realidad mi recuerdo es ese; la bocina del tren y los amaretis, y la historia que contó mi abuela mientras usaba su máquina de cocer. Vamos a dar una vuelta, que viene papa noel. Si, eso me decían y me lo creía tanto y era tan extraordinario. La ilusión, el cuento, la magia. Las calles de tierra y los vecinos con músicas diferentes, las puertas abiertas, las copas apoyadas que quedaban por ahí. Las casitas hechas con sabanas en la parte de atrás de la casa de mi abuela, las comidas hechas con papa y más papa. Los gritos, porque a veces había muchos y y me asustaba, pensaba que nos íbamos a matar entre todos. Y después el silencio, tenso, frío, desgarrador. Y después una risa, y otra y otra. Y empezaba todo de nuevo.
El pasado, que nunca se deja atrás. Dejarlo atrás es borrarlo, tacharlo. Mejor conservarlo, y volverlo devenir. Desde los orígenes hasta todos los devenires. De eso se trata; de desprenderse de los mitos para avanzar hacia las utopías. (o mejor; de transformar los mitos, en utopías)